CARPE DIEM (Horacio 65aC-8aC) “Toma este día como si no fuera a existir el siguiente”

lunes, 20 de julio de 2015

EL CUARTO DE LOS ESPEJOS





Está allí.
Solo basta girar hacia un lado u el otro la llave para poderlo abrir.
Solo basta hacer un "clic" para que comience a girar.
Ése es mi cuarto.
Mi cuarto secreto.

El de los espejos, el que me enfrenta irremediablemente al presente, al ayer ¿al futuro?, en ese sentido no sé que pensar.
Mi cuarto de los espejos, me ayuda a soñar con lo que pueda pasar ahora mismo, cuando de tres pasos me enfrenta a una ensoñación que a menudo dudo que sea la verdad.

Espacioso. Amplio. Frío, muy frío, tanto que ni una bocanada de aire caliente lo puede caldear.
Mi cuarto de los espejos -cuando me retrotraigo- es impiadoso quizás porque no sabe mentir y me muestra una verdad que en ocasiones me cuesta asumir y "tragar".

Y hago "clic", cuando quiero verme de pequeña, correteando de aquí para allá. Inquieta. Presumida -nunca podré explicar el motivo- conformándome con lo que "había y lo que habrá".

Pensando que la infancia se poblaba de ángeles que me protegerían de toda maldad. Y yo, princesa de un  reino de ansiosos de justicia podía indicar el camino, el sendero para conseguir que sus sueños se hicieran realidad.

El cuarto de los espejos -de mis espejos- se componen de cientos, miles de figuras de lo que fui, de lo que soy, y ¿de lo que seré en un futuro cercano o lejano?
Quizás.

Señala fallos y carencias.
Palabras dichas al azar.
Promesas incumplidas y otras cumplidas con creces.
Amigos que se fueron.
Y otros "conocidos" -que no amigos- que van, vuelven, se ríen a escondidas de mis errores y de los demás.

Mi cuarto de los espejos es cruel. Quizás por eso son pocas las veces en que giro el picaporte para sumirme en su realidad.
Me muestra quien soy yo de forma desgarrada ¡y cuanto me cuesta asumir la realidad!.

Me hace ver que estoy sola cuando quiero estarlo.
Acompañada cuando se me pegotean y me encuentro incapaz de decir ¡basta ya!.

Sensible hasta el más alto de los límites y con una infinita capacidad de dar.
A veces ¡tan invisible para el resto que reprimo el llanto y la angustia!
A veces tan clara y transparente que "estaría dispuesta a darme un cachete ¡¡¡y con ganas!!! para apoyar los pies y volverme a la realidad.

También mi cuarto tiene un espejo enorme -como creo haberlo contado- que me muestra el futuro.
Pero ése, ni siquiera lo mira de soslayo.
Ni una ojeada le echo.
Mi futuro prefiero moldearlo con barro y arcilla.
Con piedra y polvo arrastrado del camino que me tocó transitar.

Supongo, en realidad lo sé, que ése espejo futurible tendrá mucho de mi...y de todos los demás.
Se me antoja piadoso y cruel a la vez.
Con palabras que repetí y frases que pretendo olvidar.
Con un amor infinito por todo lo que hice y fui y por lo que vendrá.
Con una lucha continua que me he ganado a pulso y pretendo no abandonar ¡jamás!.

Sensaciones encontradas que ni quiero ni pretendo explorar, aunque estoy convencida que en cada trocito de nuestro corazón, hay un cuarto de espejos, intentando mostrarnos la realidad.
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SÍ. Sí  que hay un umbral.
Una delgada línea roja que juramos y per -juramos, nunca traspasar.
Y lo hacemos.
De un día al otro y sin caer en la cuenta.
Tal vez porque hemos sido absolutos “negadores” de una realidad que se estrellaba ante nuestros ojos, y sin embargo, jamás de los jamases quisimos ni tomar en cuenta ni observar.
Dar un saltito y cruzar el umbral es duro.
El umbral es determinante.
El umbral se mantiene silencioso pero cuando alza la voz no da ni un paso atrás.
Y si en ese “umbral” que jamás has reconocido porque ni siquiera le das importancia a lo que sucede a tu alrededor, le restas  la razón que está indicando, pierdes sensaciones, recuerdos, realidades que solo con muy buena voluntad de los que te rodean ¡¡¡y vayan si te lo han indicado!!!..quieras o no, se  puede desdibujar..

El “umbral” es muy sencillo de cruzar.
Y tremendamente complicado –resulta- cuando lo hiciste, dar “un pasito pa’ tras”.

El “umbral” te juega malas pasadas y te pinta una realidad que ¡¡¡ni es por asomo la realidad!!!.

Te miente y  acaricia la espalda cuando ya las caricias no sirven.
Te regala palabras al oído que son, justamente, las que quieres escuchar.
Te amarra con unos brazos ¡tan poderosos, tan complacientes que ni siquiera te empeñas en dar un giro a tus ojos y mirar hacia atrás!.

Del “umbral” se puede salir.
Deshacerse de él ¡con tanta facilidad!
Pero…siempre y cuando tú pongas los pies en la tierra.
Admitas tus errores y tus falencias.
Cuando llores y te muestres tal cual eres..
Cuando admitas lo que has dejado.
Cuando reconozcas que te has imaginado un mundo y una realidad que ¡nada tiene que ver con la que te ha vendido.!.
Cuando te cojas la cabeza con las dos manos, saques “de dentro” todo lo malo, lo bueno, lo peor y lo mejor de ése universo que ¡sencillamente nada tiene que ver con ése que querías y pretendías!!!

Te repito: del umbral se puede salir.
No es sencillo.
Nada es sencillo.
Pero tienes que poner MUCHO DE TU PARTE, y no pedir que PONGAN DE SU PARTE el resto,  lo efímero, lo inconsistente, lo vano y absurdo. Los demás…
¡Ánimo!
¡Que con ánimo, fuerza, ganas y admitiendo los errores propios, aceptando los ajenos, DIEZ A UNO que lo conseguirás!!!!
El umbral es amigo y enemigo.
Amante silencioso.
“Señalador” de nuestros errores.
El umbral es todo y nada.
Pero ¡todo! Es mejor…




martes, 26 de mayo de 2015

EL CUADERNO



Siempre me he imaginado que llevo un cuaderno en mi bolso.
Un cuaderno donde apunto ideas y  borroneo esperanzas, hago dibujos, perfilo mi futuro. Levanto barreras para que sin pedir permiso, asomen de puntillas los sueños, la magia y la ilusión buscando el sendero donde convergen la fantasía y la realidad.

Mi “cuaderno” es pequeño e invisible.
No tiene anillas ni bordes amarillentos de tanto ver pasar el tiempo.
Ni cortes por los costados.
Ni manchas oscuras que avisen que los años vuelan.
Es impecable. Silencioso. Jamás se despereza. Siempre está dispuesto a enjugar mis lágrimas y pucheros. A compartir mis carcajadas y preocupaciones.
 A “escuchar” sin repetir mis palabras ni siquiera al más cercano y confiable. A decir “sí” cuando me empecino en decir “no”.

En mi cuaderno de viaje, incansable, apunto mentalmente mis pasos,  meteduras de pata y rabias. Mi búsqueda constante. Mi “quiero y no puedo”. Mi mal humor frente a la realidad

Y escribo, escribo, escribo incansable con tinta invisible sobre sus páginas en blanco, pergeñando proyectos  que jamás verán la luz.
Depositando confianza “fe y esperanza” en quienes de uno u otro modo me darán la espalda a corto  o largo plazo, tan centrados están en sus problemas que solo piensan en sí mismos, ni en mí ni en los otros…en sí mismos sin prestarles atención a los demás.

En ocasiones mi “cuaderno” adquiere dimensiones gigantescas.
Se vuelve grueso y pesado, tanto que cuesta acarrearlo de aquí para allá.
Otras, se torna diminuto, sigiloso y taciturno, intentando pasar desapercibido, esperando que golpee a su puerta espiando por la mirilla para comprobar quien le llama, sabiendo de antemano ya, quien soy.

Sé que algún día llegará el momento de despedirnos.
Hacer  un balance de nuestra vida en común.
Resaltar con un rotulador fallos y aciertos.
Sacar conclusiones.
Chasquear la lengua por los errores cometidos.
Reconocer culpas. Sentir vergüenza por el dolor involuntario y voluntario que provocamos –tanto él como yo-  en los otros.
No sé cuándo, ni dónde, ni en que momento, ambos silenciaremos nuestras voces.
Tampoco quiero imaginarlo ni anticiparme.
Prefiero dejar que “el círculo se cierre” y el destino sea quien decida.
Mientras tanto, convivo con mi “cuaderno” que es mi propia conciencia, el relato de mi vida.
Mis desventuras y mis pequeñas conquistas.
Mi pasado. Mi presente y mi futuro.
El que me juzga en silencio sin un reproche ni  miradas.
Mi “Yo interior”.
Sin más…
(cora.lasso@hotmail.com)



martes, 21 de abril de 2015

LAS SUELAS DE MIS ZAPATOS



Las suelas de mis zapatos no solo tienen un poquito de mí, porque las suelas de mis zapatos,  son en realidad, mi “otro yo”.
A ellas no puedo engañarlas ni mentirles porque tienen absolutamente conciencia hacia donde dirijo mis pasos. También en cierta medida el control al conocer perfectamente hacia donde voy.
Las suelas de mis zapatos son el guardián de secretos. Conocen al dedillo las voces de los demás y hasta el eco de mi propia voz.
Pero jamás dicen,  comentan ni hablan ni se les escapa un suspiro o monosílabo.
Son distintivos de su raza y especie el silencio y la discreción.
Me respetan y a la vez les guardo un profundo respeto. Un cariño entrañable y aunque hace miles, miles de años que no me hinco ante un confesionario, son mi confesor.

Han recorrido a mi lado caminos inexpugnables. Me han ayudado a retomar sendas extrañísimas guiándome por donde ni siquiera sé donde estoy.

Las suelas de mis zapatos –aunque las renueve de tanto en tanto para que puedan seguir vigilando mis pasos- lloran mis desgracias tanto como las lloro yo.

Me consuelan,  ronronean cuando las acaricio como un tímido modo de darles las gracias por no abandonarme, por empujar las locuras que bullen en mi cabeza para salir del atolladero sin siquiera dignarse a preguntar: “¿qué he hecho yo para merecer esto?” ó “¿porqué yo?”…
Las suelas de mis zapatos almacenan y registran como ¡nadie!, portazos dados en plena cara. Mentiras y promesas. Proyectos que “ni locos” podrían llevarse a cabo.

Pero aún así ¡ahí siguen! Animándome a dar un paso detrás de otro sin aceptar jamás un “NO”. Susurrando que si “no me enseñaron a CAMINAR ¡qué aprenda!”, que el trayecto nunca será fácil pero todo depende de la habilidad -para sortear escollos- del peregrino caminador.

Y gracias a ellas he comprendido que a pesar de la rabia y la angustia, la puntada que acecha en ocasiones cerca del corazón, a pesar de la fatiga, la sed y el hastío, aunque me sienta sola  y desvalida, ahí estaremos como siempre, apoyadas la una en la otra…las suelas de mis zapatos y yo…

(cora.lasso@hotmail.com)



jueves, 26 de febrero de 2015

ANTES...



¿Qué “todo tiempo pasado fue mejor”?. No lo sé.
Tampoco si “antes” todo era diferente. Porque mi “antes” tiene un principio. Un final. Un largo recorrido. Un volver  aunque sea rozando con brochazos de nostalgia el punto de partida.

En mi “antes” hay una larguísima mesa con sillas que ahora están vacías. Y carcajadas. Y retos velados y no tan velados.
Discusiones y reproches.
Chiquillos que -ya son abuelos- correteando por los rincones. Otros que se han marchado quizás a un lugar desde donde nos espían divertidos orgullosos de lo mucho o poco que hemos logrado.

Antes, los mayores nos contaban que jamás  pisaban los Bancos, desconfiaban de las promesas que les hacían los responsables.  Guardaban el dinero debajo del colchón.
Ellos siempre tenían en la alacena,  conservas, pastas secas, mermeladas y galletas, como si de un día para el otro se avecinara un tifón.

Las puertas de las casas siempre estaban abiertas para el amigo que necesitaba ayuda, un plato de comida. Cobijo y cariño. Consuelo. Un poco de comprensión

Antes la palabra que daban para cerrar un negocio valía más que una firma, un recibí, un talón.
Antes, aunque habían hablado de estafas brutales los mayores jamás habían probado  la miel amarga de  la corrupción.
Dudar era impensable. Confiar con los ojos cerrados a quien se mostraba transparente, honesto y honrado más que una convicción.

Recibir ropa en buen estado porque a tu prima le había quedado pequeña no era una ofensa, por el contrario, te hacía ilusión.

Vivíamos sin internet y escribíamos cartas interminables que temblaban en nuestras manos rogando que llegaran a destino, cuando estábamos a punto de que la engullera el buzón.

Los móviles no existían y las carreras para avisar desde una cabina (o un público) que “llegábamos un poquito más tarde y no se preocuparan”, eran pan de todos los días.

Fuimos creciendo poquito a poco y sin saltar etapas.
Fuimos madurando sin apenas notarlo.
Nos formamos sintiendo que era un triunfo cada conquista, cada reto, cada escalón que subíamos y lo hacíamos por amor propio, empeño y vocación.

Y lloramos como nunca pensamos que podríamos hacerlo, cuando nos dejaron plantadas,  sin saber que nos volveríamos a enamorar de una manera loca, atrevida, imprudente, al conocer “al hombre”  que nos rasguñó con paciencia el corazón.

Y fuimos felices.
Absolutamente felices con nuestros más y nuestros menos.
Enseñamos a nuestros hijos que el camino era luchar y aprender de los fracasos desconfiando del primer adulador.

Que tropezar no era caerse, sino trastabillar.
Que el “no” siempre lo tenían los demás como respuesta, y había que batallar muy duro para desterrar el no.

Tal vez por eso me gusta disfrutar de esos ramalazos del antes.
Quizás porque he aprendido que jamás hay que bajar la guardia. Que nada está perdido si te empeñas.

Que si la vida fuese tan sencilla, tan dulce y complaciente, no naceríamos llorando y lo hacemos irremediablemente cuando vemos la primera luz del mundo y cerramos los ojos para decir adiós…





lunes, 19 de enero de 2015

¿QUÉ NOS QUEDA?



Muchas veces me pregunto: Cuando sea el momento de pasar a otro sitio, a otro lugar.  A un terreno desconocido que nos produce escalofríos e incertidumbre…“¿Qué nos queda”?.
Y mi respuesta es: ¡”Nos queda mucho!!! ¡Y más!”

La vida no es la que elegimos ni la que imaginamos, ni la que creímos que se convertiría en realidad.

La vida es lucha. Sufrimiento. Escalones que hay que subir, permitirse un descanso  y seguir para adelante.
¡No hay otra!
¡La vida no es el camino de rosas que nos han pintado, y para conseguir el mínimo de gratificación, de bienestar, de lograr que una sonrisa de oreja a oreja nos tape el rostro…hay que luchar!!!!

La vida nos pone a pruebas que hay que superar.
Y los débiles. Los conformistas. A los que todo se les ha regalado se les hace más tremendo. Se les dificulta infinitamente más.

La vida está “fabricada” por cachitos de recuerdos.
Ligada al primer amor que según aseguran no se olvidará jamás…y en muchas ocasiones es mejor perderlo que encontrarlo.
Y al último que has elegido y  te sigue acompañando ¡claro está!

La vida ¡claro que es luz!
Pero también es oscuridad.
Y caídas y porrazos.
Equivocaciones al repetir “¡te quiero más que a mi vida!” cuando no es verdad.
Y levantarte una mañana, ver a quien tienes a tu lado y preguntarte ¿”cómo he podido”?

O amar hasta el infinito a alguien que en un instante te preguntaste ¡hace tanto tiempo!  ¿” pero…le debo amar”?.

Y –repito- cachitos de recuerdos.
Dos vasos de plástico chochándose entre sí a las orillas del mar.
Ver a los hijos crecer y remover Roma con Santiago intentando contemporizar caracteres diferentes.
Celos.
Rabias.
Amor y Odio al mismo tiempo y como al mismo tiempo suele pasar,
La vida es: ¡”Y yo qué?!!!???
Y ¿no entiendes que te necesito? ¡¡¡Y ¡¡¡te necesito tanto!!!.
La vida es” ¡véte!. Pero ¡no te vayas jamás”!!!
La vida es cogerte de la mano y que me la cojas.
Que me entiendas y te entienda.
¡Que nos peleemos y discutamos!
¡Que nuestros puntos de vista sean totalmente diferentes!
La vida es ¡saber que somos especiales, irracionales, fuera de serie, dar todo por el todo por los demás!!!

Tu sonrisa.
Tus despistes.
No tener los pies sobre en la tierra porque aprendimos - ¡y cuántos nos ha costado!- a remontar el vuelo. Buscarle el porqué cuando y como a todo.
A luchar a brazo partido para evitar que nos robaran los sueños y la esperanza.
También la vida es mi llanto y desplantes fuera de lugar.
La vida es estar al lado del que realmente quieres.
La vida es tener la absoluta certeza de con quién quieres estar…


(cora.lasso@hotmail.com)

miércoles, 17 de diciembre de 2014

"AYER ES HOY"



No voy a hacerlo,  ni tengo porqué ocultarlo.
Si pienso en el “Ayer”, en infinidad de ocasiones me dan ganas de echarme a llorar.
“Ayer” era la liviandad…y ahora, mirándolo a la distancia comprendo que con ojos de adulta, lo era. Sin más ni más.
Ayer, era también el nada que perder porque todo llegará.
La inconsciencia.
El riesgo.
El querer competir sin perjudicar a nadie pero demostrando que eras más aunque en definitiva fueras menos que los demás.

AYER y con mayúsculas, era el “ya habrá tiempo para todo, aunque el tiempo se dilatara de forma insospechada” porque siempre quedaba “un restito más”.
El calendario volaba. Los meses devoraban no solo hojas y estaciones. Fríos. Heladas. Sofocos y calor que debíamos soportar.

Y el paso del tiempo nos fue devorando en complicidad con las nuevas tecnologías.
La verborragia cibernética.
Las redes sociales. Internet. Facebook Y “Guasap” que hicieron lo suyo.

Nos sentimos apartados de un mundo que no era el nuestro y en el que había que pegar gritos a los hijos cuando algo en el ordenador fallaba y te encontrabas diciendo: “¡Puedes venir?!!!. ¿Puedes explicarme????! ¡No entiendo qué pasa!!!! ¡¡¡No doy más!!!”

Y con dos “tecleos”, con dos pulsadas te devolvían a la vida.
¡Vaya si te sentías mal!

Pero AYER ES HOY.
Porque no solo cuando el agua les llega al cuello te vuelven a llamar.
Porque YA VIVISTE – de diferente manera (eso nadie lo niega) lo que hoy les toca vivir.

Y se sorprenden.
Y  no solo hablo de los hijos. Hablo de los que se dan de sabios mirando por encima del hombro pensando: “¡No tengo nada que aprender! ¿¡Que me van a enseñar!?”.

A esos les recuerdo que el pasado siempre vuelve.
En la política.
En las relaciones personales.
En la sociedad.
Nada está inventado aunque se le quiera matizar con  pinceladas.
El Déjà Vu (sensación de haber pasado con anterioridad una situación que se está produciendo por primera vez), sigue “palpitando”.
Por eso la experiencia. Lo vivido y recordado a fuego VALE MÁS QUE NADA EN EL MUNDO.
Habrá sillas vacías de quienes nos han dejado.
Habrá huecos imposibles de llenar.
Y melancolía para dar y  repartir.
Y frustraciones.
Y elementos inexplicables que se han unido para amargarte la existencia.
Aunque los quieras evitar ESTÁN. ESTARÁN.
Anécdotas.
Risas y comentarios de los que han sabido captar la esencia de la sabiduría.
Ver.
 Aprender.
Escuchar.
Llevarlo a buen término. Limar errores – aprendiendo de las propias experiencias- y fallos.
MODIFICAR.
¡¡¡Eso es justamente lo que debemos rescatar!!!
Todo ese caudal de vivencias es un auténtico tesoro.
Un tesoro ¡¡¡infinito e incalculable!!!!, al que tarde y temprano  RECURREN.
AYER ES HOY.
A NO OLVIDARLO ¡JAMÁS!

Déjà Vu…amigos…¿os suena de algo?
Déjá Vu.
El Ayer es Hoy…

(cora.lasso@hotmail.com)



jueves, 20 de noviembre de 2014

QUE NO TE IMPORTE...



Están ahí. Una pila de libros desparramados en el suelo.
Hay que limpiar los estantes. Quitar el polvo. Releer los títulos. Acomodar por géneros: historia, novela negra –mi preferida-. Poemas. Autobiografías.
Un trozo de papel se desliza, cae sobre la alfombra donde me siento sentada con las piernas cruzadas. Está escrita con letra apretada y subrayada cada línea.
No tiene fecha. No recuerdo cuando la guardé, ni sabía que estaba allí. Pero ahí está.
La releo: “Si cada vez que aparece algo que te asusta/decides salir corriendo/vas a estar huyendo el resto de tu vida” (Autor anónimo)
Amarillenta y arrugada la voy alisando con la palma de la mano. La vuelvo a colocar en su lugar pero haciéndola sobresalir para no olvidarla. En lo posible NUNCA MÁS.

Y pienso.
Y reflexiono.
Y mastico una a una las palabras antes de volver a cerrar el libro. Incorporar la frase. Integrarla a un tropel de pensamientos que siempre me sobresaltan obligándome a preguntar ¡tantas cosas!
Entre ellas: “¿habré hecho bien?”, “¿me habré equivocado?”. “¿Por qué nadie estiró su mano obligándome a pensar?”.

De nada valen los reproches ni los cuestionamientos cuando uno ha cruzado la mitad de su existencia luchando…luchando sin parar…

Con caídas que todavía duelen hasta en los dientes.
Con puñaladas traperas a las que aderezaron ¡por si fuera poco! Con “puñaos de sal gorda”, para que al descubrirlas dolieran aún más.

De golpe surge de manera mágica, el “Debe y el Haber” como en la contabilidad.
El susurro prácticamente inaudible.
El consejo – sé que alguien que ya no está a mi lado- me lo sigue repitiendo y aunque piense que es producto de la locura cotidiana, de la sin razón de muchos de los comportamientos del género humano, no estoy dispuesta a olvidar ni enterrar.

Que no te importe lo que digan de ti, Sigue adelante si estás convencido que el camino elegido es el correcto, y si no lo es, considéralo como una experiencia más”.

Que no te importe que se rían de tus sueños ni fantasías. Se arrepentirán o estarán en lo cierto…pero ¡ni loco de toda locura!, pongas freno a tu imaginación ni des un paso atrás”

¡Que no te importe el reproche por haber amado hasta el hartazgo a quien no lo merecía, diera un portazo silencioso a tus ruegos…te hizo tomar conciencia de dónde están los límites, cuando hay que llorar hasta decir basta y cuando hay que parar de llorar”

Que no te importe, el escuchar una y otra vez: “confórmate porque es lo que hay”.
Que no te importe el escuchar reír a los demás detrás tuyo silabeando: “¿No se ha dado cuenta que su ciclo ha terminado?” porque mientras tú estés total y absolutamente convencido que es una falacia, tu ciclo interno no tendrá fin ni habrá camino que abandonar”

¡Que no te importe nada, nada…pero nada de aquellos que intenten por todos los medios que bajes los brazos. Que te rindas. Que esperen ansiosos que metas tu nariz, tus piernas y tus músculos al calor de una manta eléctrica olvidándote de quien eres NO DE QUIEN FUISTE.!!!!

Siempre hay un sendero larguísimo por recorrer.
Y hasta que te quede un último aliento no lo abandones Nunca!

¡Que no te importe lo que digan los demás!


(cora.lasso@hotmail.com)


viernes, 31 de octubre de 2014

"¿A QUE NO TE ATREVES? "



Aunque no escriba sobre ella, aunque no la traigo a colación, está ahí. Aquí. Siempre presente.
Tanto su figura como sus guiños.Sus miradas, sus consejos velados. Su sabiduría. Su eterno cariño. Su afán por protegernos.
Sus enseñanzas.
Su amor.
Su calor.

Mi abuela María tenía la sana costumbre de “no tirar nada y aprovechar todo”, incluso cuando sobraba un trozo de pan y ya no podía ni siquiera rallarlo le daba un beso antes de echarlo al cubo de basura “porque ¡hay tanta gente que se lo llevaría a la boca sin pensárselo dos veces”…

Mi abuela era una artista en el remiendo, en zurcir calcetines colocando un mate para que estuviesen estiraditos y no equivocar la puntada.
En hacer dobladillos en los bajos de los pantalones.
En achicar cinturas de las faldas.
En fabricar repasadores de paños de cocina, para sacarle brillo al fogón.
En recortar toallas enormes y requeté usadas para hacer minúsculas toallitas solo para quitar el polvo de las manos o el sudor.

Confieso que muchas veces quise imitarla, pero las manualidades no eran – ni son lo mío- y por más que insistiera…el resultado final no tenía perdón.

Una tarde y hace mucho tiempo (tanto que el pelo largo hasta la cintura me obligaba a recogerlo en una coleta ancha, los mechones me caían al costado de la cara y los ojos permanecían frescos y vivaces) cogí un trozo de tela que encontré en el costurero, le hice un tajo y con una paciencia infinita me propuse imitarla recordando su afán por rescatar todo y no desperdiciar nada.

Mientras intentaba mantener la labor recta sobre las rodillas, me pinchaba con la aguja, manchaba la tela con una pequeña gota de sangre, me chupaba el dedo – de verdad lo digo- con vergüenza y un pelín de dolor, levanté la vista, la vi atisbando por los cristales y mientras se acercaba con su figura encorvada, inconfundible, escuché su voz.

¿A que no te atreves?”, preguntó mientras arrastrando una silla se sentó a mi lado. La miré fijamente. Dejé la costura y apoyé la tela en el suelo.

¿A que no te atreves a hacer “esto”?, explicó recogiendo tijera, aguja, hilo y trozo de trapo y dando un tijeretazo profundo lo rasgó y dividió en dos. Y con cada uno de ellos en las manos, despacito – como siempre solía hacerlo- habló.

En la vida siempre hay un principio, una parte intermedia y un final. El que te diga que de nosotros depende todo, todo…se equivoca. Porque en gran parte sí depende. Pero en gran parte no ¡porque hay tantas situaciones que influyen para incitarte a caer en la equivocación”.

Aunque si tú no das el primer paso, no habrá zancadas sucesivas”
Si te quedas estática y no te atreves a decir ni palabra ni el mismo Universo escuchará tu voz”
Si temes confundirte, meter la pata, arruinar lo poco que conseguiste, “la rueda” se detendrá. Nadie reparará en ti. Ni admirará tu osadía. Tu ambición de conocimientos. Tu valor”.

Si esperas que alguien tome la iniciativa en tu nombre ¡puedes esperar sentada!, ya que “el otro” supondrá exactamente lo mismo preguntándose “¿Y por qué debo ser yo, el primero. ¿Por qué yo??”.

La vida es ésta tela…¿lo ves?.”
¡Córtala!. ¡Hazla pequeños trocitos!. Colócala sobre una tabla y como un crucigrama, un puzle, recomponla con infinita paciencia. Algunos, pueden que a la primera no encajen. ¡Entonces insiste! festonea los bordes, apártalos, vuelve a ponerlos en un sitio hasta que hayas conseguido – al menos- un cuadrante aceptable que merezca aprobación

Y si alguien te aconseja que no lo hagas, míralo con displicencia, continúa con tu trabajo…Si estás realmente convencida de lo que quieres ¡da tu aprobación con la cabeza pero sigue, sigue, sigue los dictados de tu corazón!”

¿Sabes lo que significa un fracaso?”
No haber tenido la valentía de luchar por un cometido. Haber caminado por la senda que te indicaron sin pensar que podría haber “algo más” esperando que le descubrieras”.

No haber innovado por terror al ridículo, a las habladurías, al vacío, al qué dirán. ¡Niña!!!! ¡Es que hay que forzar las puertas de la imaginación, dejar entrar los sueños, las fantasías, los enamoramientos fugaces. La lágrima y la risa. La alegría y el dolor”

Pero todo eso se consigue ¡rasgando muchaaass telas y mandando a paseo las ideas preconcebidas!. Atreviéndose a cortar. Atreviéndose a todo aún a riesgo de equivocarse y comenzar de cero, aunque luego tú misma te debas pedir perdón”.

Se aprende a vivir y a sortear los escollos atreviéndose a decir SÍ, cuando estás absolutamente convencida de ello. Y a rechazar con el cuerpo, con la cara, con las manos todo aquello que por burlas del destino, para ponerte a prueba, te indica que silabees un NO”…

domingo, 12 de octubre de 2014

NO NOS DAMOS CUENTA



No nos damos cuenta, hasta que caemos en la cuenta que nada es como nos lo habían pintado.
Que la realidad no tiene una sola cara, y las otras, las que ni siquiera imaginamos, nos acechan dispuestas a despertarnos y volvernos de un navajazo a poner los pies sobre la tierra.
No nos damos cuenta de lo que somos ni de lo que valemos, hasta que todo se esfuma y nada es igual.
Cuando la estructura se desmorona.
Cuando quieres gritar y la voz se niega a salir.
Cuando el mundo que tenías desaparece sin siquiera haberlo notado –porque fue todo tan tácticamente calculado milímetro a milímetro que pasó desapercibido a nuestros ojos y los de los demás.

No nos damos cuenta de lo que hemos amado con pasión, hasta que el sueño se desvanece. Cuando llega el adiós inesperado. La frase hiriente tantas veces callada. El desencuentro maquillado de rutina. La conformidad. La disculpa. El perdón que nos pidieron y jamás se nos ocurrió negar. La tremenda desazón.

No nos damos cuenta de lo que pudimos llegar a ser y olvidamos en el camino. Y de lo que somos a fuerza de tesón y férrea voluntad.
Ni valoramos el habernos forjado a hierro y yunque, derramando lágrimas y escondiendo sonrisas. Tejiendo esperanzas en hilos tan finos que se fueron deshilachando y volvimos a anudar con torpeza, artesanía, belleza o improvisación. Pero los fijamos bien fuertes…sin medir el precio de   nuestro valor o la eternamente defendida dignidad.

Nos creímos dueños del universo, basándonos en palmadas y elogios.
Y cuando caímos, el estruendo fue mayor.
Nadie tendió la mano para ayudar a levantarnos, a apretarnos con firmeza contra el pecho, a pedirnos que no decayéramos, a explicarnos con paciencia que la vida no era buena ni mala, ni vengativa ni irreverente.
Solo era una sucesión de pruebas que debíamos ir cumpliendo y aprobar.
Paso a paso.
Poco a poco.
Sin creernos el centro del mundo ni el último que llegaba preguntando “¿qué lugar ocupo yo?”.
Hasta que caímos en la cuenta que confiar era imprescindible, pero también palpar el hoy.
Nos costó sangre, sudor y lágrimas aprender que los proyectos tienen corta, mediana o larga duración. Y los sueños hay que guardarlos bajo siete llaves, porque cuando menos lo esperas te asaltan y se los llevan o se cumplen tal y cual pediste en el “mantra” repetido como oración.

No nos damos cuenta del poder inmenso con el que cada uno nace.
Tampoco de nuestra capacidad de protegerlos.
Seguimos avergonzándonos que nos tilden de “locos”, “desubicados”, de “no asumir nuestras limitaciones”, ni que “ya no estamos en edad…”

¿Y por qué no?...Sencillamente me pregunto…¿por qué no?...
Tengas los años que tengas, siempre hay espacio para el milagro, para el descubrimiento, para abrir caminos donde nadie ha osado sembrar.
Siempre un pequeño hueco donde puedes introducirte y teñir  la imagen en blanco-negro, con el color que tengas a mano. Con cualquier color, porque lo que verdaderamente importa es darle un toque inimaginable, y lo valedero,  “atreverse a destrozar el lienzo y pintar”.

Perfilar tus ideas.
Darles forma.
Tirar prejuicios solo empujando  un dedo.
Solo hay que saber esperar. ¡Y cuánto cuesta hacerlo!
Pero no nos damos cuenta que “no es lo que uno pierde, es lo que uno gana en cada pérdida”.
Y cuanto antes nos demos cuenta de la inmensidad de la frase…todo será más llevadero y comenzará a mutar.
Cuanto antes la interiorices, te convenzas que no es una utopía, algo despertará con una rapidez inconmensurable, y tú, solo tú serás el “culpable” de cambiar esa vida que jamás imaginaste  serías capaz de moldear…

(cora.lasso@hotmail.com)






miércoles, 24 de septiembre de 2014

LAS PUERTAS



Se abren. Se cierran.
Se entornan sin darnos cuenta.
Descubrimos la primera cuando recién abrimos los ojos a la vida y un cachete nos indica que es hora de salir del nido y disponerse a pelear.
Van cambiando de tamaño al tiempo que crecemos.
Son minúsculas, pequeñas, insignificantes hasta que nos dicen “ya tienes uso de razón·”.
Y desde entonces nos vemos obligadas a forzarlas para poder entrar.
Hay puertas con las que nos dan en las  narices.
Lo hacen aún aquellos que por cariño o mal entendida condescendencia - ¿admiración?- les hemos dejado pasar antes de escabullirnos sin miramientos.
Esos “portazos” no se olvidan con facilidad. Aunque no sangran a la vista  producen un tremendo desgarro  interior.

Existen puertas a las que hay que golpear con insistencia.
Aquellas que sabemos resguardan voces, reuniones, carcajadas y susurros. A las que nos está vedado traspasar…pero allí están mientras nos repetimos: “ahora  no…pero ¿mañana?” y nos retiramos suspirando  prometiendo que esa negativa cambiará a medida que avance nuestra determinación.

Las puertas del afecto se distorsionan y cambian de perfil a medida que cumplimos años. Son las que resguardamos bajo siete llaves por haber dejado entrar a quien no lo merecía, las que quedaron ventilándose eternamente y nadie se percató.
Las que sostenemos con un candado flojo para que “alguien” estire su mano y descubra la combinación.

Las puertas son mágicas.
Impredecibles.
Nos sobresaltan con sus estallidos.
Tienen el poder de emocionarnos o deprimirnos.
De cambiarnos la vida
También de destrozarla si no les prestamos atención
Por eso,  no hay que tapiarlas, ni relegarlas a un segundo plano.

Solo estar atento a su chirrido – a veces casi inaudible- que nos “avisa”,  nos observa, nos dice que están para abrirlas, cerrarlas u olvidarlas sin más.

Y debemos dar ese paso después de observar  la imagen que nos devuelve el espejo.
Después de constatar  lo que fuimos, lo que  queremos ser y  el camino recorrido nos negó.
Apelando a nuestra sinceridad, a  nuestro coraje, amor propio y decisión.

Sí. Las puertas son mágicas.

Basta empujarlas despacito para dejar que nos sorprenda con todo aquello que celosamente guardan en su interior…

(cora.lasso@hotmail.com)

lunes, 1 de septiembre de 2014

COMO POR ARTE DE MAGIA


Aparecen y desaparecen como si tuvieran vida propia.
Se van por un ratito o por un tiempo indefinido que no es capaz de marcar ningún reloj.
Aunque uno esté convencida que la última vez los dejó allí mismo, en el penúltimo cajón a la izquierda, bien a la vista, caprichosamente se retiran sin hacer ruido.
Como por arte de magia.
El foulard se ha aburrido de colgar sus brazos interminables  en la misma percha y se escabulle ¿junto a los jerséis? Aquella camiseta que empecinadamente  usas hasta el infinito y  has doblado sobre la silla ¿qué camino tomó?
Es inútil que busques. Pongas el ropero patas arriba, es absolutamente inútil porque una mano invisible – o tal vez los mismos objetos- se encargaron de acurrucarse hasta cuando se les antoje y asomen la nariz por el hueco de cualquier cajón.

Extrañas similitudes de las cosas que “se nos pierden”  con los sueños que elaboramos.  ¿Casualidades? ¡No existen! Nada está librado al azar. Aunque  desconozcamos quien se encarga de ocultar las oportunidades, nos  las arrebata, las hace disolver en el aire cuando estaban al alcance de la mano y vuelven a convertirse en realidades, sin motivo ni razón, todo parece estar cronometrado.

Y lo compruebas cuando llegan galopando cuando menos lo esperas.
O tan, tan despacio que sus cascos son inaudibles.
O las escuchas de forma tan lejana y remota que supones que jamás estarán a tu lado.
O se desvanecen como pompas de jabón.
Cuando no encuentras lo que buscas, caes en el error de repetir: “las debo haber puesto en otro sitio, ya aparecerán. La culpable soy yo”.

Y es verdad.
Se es culpable de no  remover cielo y tierra hasta descubrir aquello que ha tenido vida propia y por pura inercia, desasosiego o tediosa costumbre se ha planteado decir “chau” …”hasta luego” o “adiós”.
Se es culpable al empuñar la maza y derribar tus  sueños.
Se es culpable de hacer añicos tu  ilusión.
De ceder y no perseguir.
De rendirse ante el cien mil veces escuchado: “Imposible”. “No”.

Porque las cosas- como el destino- mutan. Cambian. Se transforman. Se empequeñecen o se agigantan.

O se esfuman como por arte de magia.
Y sólo uno mismo está en condiciones de poner la rueca en marcha, y agregarle eternamente si es necesario, el fuego de la esperanza hasta que se planten delante y con su vocecita inaudible nos repitan: “Nunca me fui, solo salí a dar un paseo…Aquí estoy…”





viernes, 15 de agosto de 2014

CUANDO PIERDES LA COSTUMBRE...




Era matemático, siempre lo hacía, y no me cansaba de observarla.
A esta altura todavía me pregunto si eran manías de anciana, tics o sencillamente hábitos de los que no pretendía desprenderse, aunque ella – sonriendo al ver que la miraba con insistencia- repetía: “ya ves…la cosa es no perder la costumbre”.

Sé que a veces la depresión podía con ella. Y por las noches, antes de dormirse rezaba mil veces la misma oración. Y que en infinidad de ocasiones, ayudándola a hacer la cama, encontraba bajo la almohada su pañuelo – blanco, bordado con un festón y unas rosas tan pequeñas que solo eran “visibles” al tacto- mojado de lágrimas.
Pero invariablemente, mi abuela, lloviera o tronara, siempre se levantaba con una sonrisa. Siempre, “porque el mal humor llegará durante lo que queda del día”, solía explicar.

Encendía el fuego en la cocina – “para entibiarla y hacer el sitio más acogedor”- ponía la radio aunque fuese bajita “me hace sentir que hay mucha gente a mi alrededor”, y tarareaba melodías secretas en un susurro que juro no haber escuchado en ninguna otra boca y ella lo explicaba con un: “es algo así como un mantra para darme ánimos, estoy convencida que si yo no me lo doy…”.

Mi abuela era inteligente, aunque apenas había terminado los estudios primarios. Aguda. Incisiva. Veloz – a pesar de su eterna pelea con los huesos-.
Mi abuela era una luz brillante por si misma que iluminaba la habitación.
Y era bondadosa y sabia, sobre todo cuando llegaba el momento de dar una explicación.
Cuando pierdes la costumbre”, repetía, “poco a poco te vas encerrando en ti mismo y aunque se ha dicho muchas veces “dejas para mañana lo que puedes hacer hoy”.
Vas alejándote de los conocidos porque: “la última vez fui yo la que les llamé, ahora les toca a ellos”, y así esa gente – que estoy segura piensa lo mismo- pasa a ocupar un tercer o cuarto lugar en tu corazón.
No te pones guapa porque total, la única que se mira y ve lo que hay soy yo ”
Cuando pierdes la costumbre, tu único viaje es el de ida y vuelta a la nevera para sentarte después frente al televisor.
Tu cerebro malévolamente te hace creer “que hay que dar todo por sentado”. Entonces dejas de decir: “no sabes cuánto te quiero”, “necesito de tu abrazo”, “consuélame, que más no puedo”. ¿Puedo ayudarte?. Si llorar sobre mi hombro, te sentirás mejor”
O te “puede saltar de alegría” el espíritu, cuando los amigos te invitan a su casa, pero unas horas antes de salir te repites: “¡qué pereza! ¡con lo a gustito que estaba aquí yo”.

Cuando pierdes la costumbre te empiezan a crecer telarañas invisibles que te amarran a aquel sofá o a este sillón.
No cuentas la verdad de lo que te sucede porque no quieres alarmar, y a la única que te entra pánico y no encuentras la salida eres tú misma… eres “vos”.
Poco a poco te vas aislando, y das brochazos de colores grises a tu expresión. Te vuelves taciturna, frunces el entrecejo sin apenas darte cuenta y la sonrisa se vuelve amargo gesto de rechazo con un toque de dolor”.

Por eso, apenas me despierto, me regaño en voz bajita: “no por rutina María, pero saluda al día con una sonrisa, muéstrale a la vida tu empatía y que tenga bien en claro, que si “te la pone difícil” aquí te encontrará dispuesta a luchar y enfrentarte a lo que sea, porque “no has perdido la costumbre” de ser guerrera, madre, amante, temporal, carrusel incasable y ciclón”.

Porque si llego a “perder la costumbre”, sé que ya no habrá vuelta atrás para aferrarla como sea…se habrá escapado y la única culpable habré sido yo”…









viernes, 1 de agosto de 2014

ANTES...



¿Qué “todo tiempo pasado fue mejor”?. No lo sé.
Tampoco si “antes” todo era diferente. Porque mi “antes” tiene un principio. Un final. Un largo recorrido. Un volver aunque sea rozando con brochazos de nostalgia el punto de partida.

En mi “antes” hay una larguísima mesa con sillas que ahora están vacías. Y carcajadas. Y retos velados y no tan velados.
Discusiones y reproches.
Chiquillos que -ya son abuelos- correteando por los rincones. Otros que se han marchado quizás a un lugar desde donde nos espían divertidos orgullosos de lo mucho o poco que hemos logrado.

Antes, los mayores nos contaban que jamás pisaban los Bancos, desconfiaban de las promesas que les hacían los responsables. Guardaban el dinero debajo del colchón.
Ellos siempre tenían en la alacena, conservas, pastas secas, mermeladas y galletas, como si de un día para el otro se avecinara un tifón.

Las puertas de las casas siempre estaban abiertas para el amigo que necesitaba ayuda, un plato de comida. Cobijo y cariño. Consuelo. Un poco de comprensión

Antes la palabra que daban para cerrar un negocio valía más que una firma, un recibí, un talón.
Antes, aunque habían hablado de estafas brutales los mayores jamás habían probado la miel amarga de la corrupción.
Dudar era impensable. Confiar con los ojos cerrados a quien se mostraba transparente, honesto y honrado más que una convicción.

Recibir ropa en buen estado porque a tu prima le había quedado pequeña no era una ofensa, por el contrario, te hacía ilusión.

Vivíamos sin internet y escribíamos cartas interminables que temblaban en nuestras manos rogando que llegaran a destino, cuando estábamos a punto de que la engullera el buzón.

Los móviles no existían y las carreras para avisar desde una cabina (o un público) que “llegábamos un poquito más tarde y no se preocuparan”, eran pan de todos los días.

Fuimos creciendo poquito a poco y sin saltar etapas.
Fuimos madurando sin apenas notarlo.
Nos formamos sintiendo que era un triunfo cada conquista, cada reto, cada escalón que subíamos y lo hacíamos por amor propio, empeño y vocación.

Y lloramos como nunca pensamos que podríamos hacerlo, cuando nos dejaron plantadas, sin saber que nos volveríamos a enamorar de una manera loca, atrevida, imprudente, al conocer “al hombre” que nos rasguñó con paciencia el corazón.

Y fuimos felices.
Absolutamente felices con nuestros más y nuestros menos.
Enseñamos a nuestros hijos que el camino era luchar y aprender de los fracasos desconfiando del primer adulador.

Que tropezar no era caerse, sino trastabillar.
Que el “no” siempre lo tenían los demás como respuesta, y había que batallar muy duro para desterrar el no.

Tal vez por eso me gusta disfrutar de esos ramalazos del antes.
Quizás porque he aprendido que jamás hay que bajar la guardia. Que nada está perdido si te empeñas.

Que si la vida fuese tan sencilla, tan dulce y complaciente, no naceríamos llorando y lo hacemos irremediablemente cuando vemos la primera luz del mundo y cerramos los ojos para decir adiós.

(cora.lasso@hotmail.com)