CARPE DIEM (Horacio 65aC-8aC) “Toma este día como si no fuera a existir el siguiente”

domingo, 12 de enero de 2014

SEÑALES


Se llegaba después de atravesar un largo pasillo donde nuestros pasos – que parecían pertenecer a otros- retumbaban, la penumbra engullía y el enorme cuadro del abuelo Juan parecía seguirte con la mirada durante el recorrido.

Al final, después de cruzar una pequeña antesala, te topabas con la cocina: enorme, cálida, cruzada por una mesa donde las sillas vacías esperaban a sus dueños, mientras bostezaban de aburrimiento y se pegaban unas junto a otras a la espera de un  visitante imprevisto.

Frente al fogón de hierro siempre encendido, con llamas que chisporroteaban, encontrabas a mi abuela María “con algo” entre las manos: una labor de punto, bufandas a medio tejer, calcetines largos para los nietos, o patucos diminutos para el que “está por nacer” o recién nació.

Entonces te miraba con ojitos traviesos – que  jamás conocieron las gafas- se ajustaba el pañuelo negro a la cabeza, alisaba el mandil retirando la costura y repetía: “estaba segura que vendrías”.

Ella siempre estuvo, en mi memoria infantil y luego adulta, envuelta en un halo de misterio, como si se anticipara a todo (o estuviese de regreso de todo), como si la sabiduría que no regalan el instituto ni la universidad, hubiera regido su destino y nada le fuera desconocido.

Y fue un secreto que nunca comentó…hasta aquella tarde cuando sentadas junto al fuego, mientras festoneaba una labor, susurró como al pasar: “no tiene truco ni vuelta, sigo “las señales” y escucho mi corazón”.

“Cuando andaba por tu edad, que mis once años tuve aunque parezca mentira (se rió), confiaba en todo el mundo, creía que “todo el mundo” era bondadoso, caritativo, sencillo, humilde, solidario y tardé darme cuenta que estaba equivocada. Fue la misma vida  quien me enseñó que no todos hemos sido “calcados” con carbonilla, y hay diferencias y clases. Un saber captar a los demás que algunos se empeñan en llamar un “don”.

“No es así. Aquí donde las  ves, duelen estas manos de haber apretado tanto en vano a otras que no correspondieron. Los brazos de proteger sin siquiera recibir un “gracias” a cambio. De luchar sin descanso tratando de evitar ser pisoteada. Agotada de empujar márgenes a codazos para hacerme un lugar”

“Un buen día comprendí que debía mirar pero que muy bien todo lo que me rodeaba, pero también escuchar  mi “yo interior”. Quedarme quietecita y escucharlo, entender lo que  explicaba. Tomar cuenta de mis errores. Recordar aquello que aprendí con dolor”

“Aunque no lo percibas,  desde el momento que naces, ALGUIEN – decide tú quien- nos ha puesto señales en el camino que debemos seguir. Y les pones el nombre que  quieras: chispazos, luces, avisos que te hacen volver a la realidad, poner los pies sobre la tierra…y en esto no hay brujería ni premonición”

“Si logras ver las señales, si te tomas la molestia de hurgar en tu mundo particular, si le haces caso a “esa vocecita” que te indica y ayuda a reconocer quien es quien en este universo similar a una selva, lo que está bien, mal o peor, abrirás una pequeña cajita de sabiduría que solo te pertenecerá a ti y podrás consultar en cualquier momento…y vuelvo a decirte: “presta atención a lo que  susurra tu interior”.

“Solo entonces comprenderás  que hay infinidad de frentes abiertos contra los que tendrás que luchar un día, otro, y otro más.
 Descubrirás trincheras donde refugiarte.
 Amigos leales que no piden nada a cambio.
Traicioneros que te delatarán  en cuanto se presente la ocasión”

“También hallarás risas para compartir y llantos para enjugar.
Dolores “insuperables” que finalmente lograrás superar.
 Experiencias a granel que te irán forjando sin que lo adviertas.
Y una tarde cualquiera, caerás en la cuenta que has crecido y madurado tan “a tu tiempo” siguiendo esas “señales” que te ha regalado la vida y de la que nunca te apartaste ni desviaste la atención”…




sábado, 28 de diciembre de 2013

CONTRADICCIONES



Aún hoy me cuesta entenderlo. Y tal vez lo que más complicado resulte, es explicar las tremendas contradicciones que a veces llegan a confundirme y  por lo que me cuentan, “ocasionalmente”, también a los demás.

No sé si a todos les sucede, pero recuerdo perfectamente algunos episodios de mis primeros años de vida. Aquellos en los que mi madre me levantaba de la cuna, juntas mirábamos por la ventana que daba a la calle, y al oído, muy despacito  después de besarme, repetía: “tout tout” (toda, toda)  de mamá” .

Fue escaso el tiempo que pude disfrutarla, falleció muy joven y yo era muy pequeña – solo tenía cuatro años- pero aún así, supe desde entonces que “quería ser mayor” e idéntica a ella: impulsiva, decidida, con una fuerza arrolladora, ávida de aprender pero también con un empecinamiento increíble en levantar su voz, hacerse oír. Plantar cara y debatir. 
Explicar lo inexplicable. Hablar….

Intenté crecer saltando etapas y aún así no pude evitar hacerlo. Pero quería ser “mayor”. “Mayor” a toda costa. Cruzar  arroyos sin mojarme  la punta de los pies. Alcanzar el cielo sin siquiera saber volar.

Disfruté de mi infancia (a mi manera). 
También de mi adolescencia y juventud, pero siempre con la vista puesta en “el mañana” dado que quería rápido de forma desmesurada, alcanzar mis metas “ya”.

Fui cumpliendo años y logrando objetivos, no todos los que me planteé en un primer momento, pero pequeños triunfos que me obligaron a echar la vista atrás.

Y fue entonces que comencé a echar de menos la protección y el cuidado. 
El cariño constante y la verdad sin tapujos.
La ausencia de preocupaciones.

El haber perdido tanto en mi largo recorrido.
A los amigos que “crecieron” a la par mía y por más que los busque se han marchado – con sufrimiento o en paz- y no puedo recuperarlos al menos en esta vida.
Ya no están.

Y ahora que soy “mayor” (no tanto, pero “bastante”) daría lo que no tengo por revivir etapas que no exprimí en mi infancia.
Volver a dormir con placidez y sin angustias como si el mañana no existiera.

Ser prácticamente un bebé y que me arropen.
Que me canten una "nana" y cierre los ojos "embriagada de dulzura"

Que mi madre se acerque a la cuna, me coja entre sus brazos y después de llenarme de besos me susurre al oído: “tout tout” - toda, toda- de mamá”…





lunes, 16 de diciembre de 2013

HILOS INVISIBLES



Me lo preguntaba hace mucho, mucho tiempo. Tanto cuando no levantaba un palmo del suelo,  como ahora, que mi mochila está cargada de vivencias y experiencias, alegrías, sinsabores. Dolor.

Ayer, cuando me hacía un ovillo entre las sábanas y sentía pasos que llegaban de puntillas al cuarto, como adivinando mi sensación de frío y desprotección.

Hoy, cuando  unas manos  robustas, fuertes, pero a la vez impregnadas de dulzura, complicidad y amor, ponen en orden las sábanas, arreglan los pliegues, dibujan con sus dedos el contorno de mi cuerpo para que me deje envolver en un halo de calor.

Siempre he tenido la extraña sensación que desde el mismo momento que abrimos los ojos a la vida, no somos uno, sino dos, quienes  nacemos.

Que “alguien” nos acompaña -vaya a saber elegido por “quien” – convirtiéndose  en “titiritero” de nuestro cuerpo, manejando hilos invisibles finamente sujetos a manos, piernas, ojo, bocas, pies y alma.  Si me apuráis,  nuestro corazón.

Y que finalmente nos convertimos en marionetas de ese ser misterioso que nos guarda para enderezarnos y hacernos reaccionar, tropezar y caer. Guiarnos hacia el sendero correcto. Bostezar y exprimir la pereza. Hacernos brincar de nuestro asiento como si fuese un volcán en erupción.

El “titiritero” estará bien adiestrado – supongo yo- porque  moviendo sus hilos invisibles, nos obliga a levantarnos de la cama cuando pensamos que otro día más sería imposible de soportar con tanta presión.

Nos manda sonreír, cuando nos encantaría enseñar los dientes aullando de furia.
A decir que sí, cuando con toda el alma deseamos gritar ¡No!
A repetir en mitad de una furiosa discusión donde los sentimientos están en juego: “¡Déjame en paz, vete de mi vida!”, cuando pretendíamos cerrar con suavidad la puerta casi suplicando: “¡no sé que haría sin ti! ¡Quédate por favor!”

Es maestro en resolver entuertos y  provocarlos.
En proclamar la paz e iniciar la guerra.
Experto tahúr en los juegos del amor.
Cazador infalible  que pone trampas para que aprendamos a esquivarlas.
Escritor de misivas interminables, que al releerlas después de un tiempo nos lleva a preguntarnos “¿pero esto lo escribí yo?”

Pero es también  nuestro compañero de juegos en horas solitarias.
El que nos mantiene en vela haciéndonos pensar,  dándole mil vueltas a las decisiones en las que se apuesta al  “todo o nada”.

Y el que nos pilla por la suela de los zapatos, cuando volamos tan alto que ya no distinguimos el cielo de la tierra, o la realidad de la ficción.

La ventaja que nos lleva es que siempre está atento.
Jamás se despista y aunque a veces se confunde y pierde, vuelve al inicio del camino como una sombra protectora de la que alguna vez nos hablaron, justamente, como un gnomo travieso, elfo, diablillo o ángel protector.

¿Alguna vez desaparece de nuestra vida?
Supongo que sí.
Pero sólo cuando su tarea ha terminado y la fatiga le vence.
Cuando mira el reloj de fantasía que lleva prendido a su muñeca, y comprenda que “su” tiempo y el “nuestro” se ha acabado.

Y recoja sus hilos invisibles, acomode sus trastos en una maleta de espumilla, con su mirada nos señale el camino de regreso que hará en silencio, a nuestro lado, como cuando abrimos los ojos a la vida.

Tal y como cuando nacimos.
No siendo uno, sino dos…





domingo, 1 de diciembre de 2013

ESTAR AHÍ..."ESTAR"...



Me suele pasar en infinidad de ocasiones, sobre todo cuando la casa se despereza  en silencio. Cuando no escucho  ruidos con los que estoy familiarizada. Ni voces que me hacen desviar la mirada y  requieren mi atención.

Es entonces que pienso en el significado de la palabra “estar” (permanecer, encontrarse, ser, existir, acompañar, consolar, vivir) y en la grandeza de su contenido. En su importancia vital.

De pequeña oía: “Hay que desconfiar de los extraños”. “No hables con desconocidos”. “Desvía la mirada cuando alguien que no es de tu círculo se  acerca”. “No hagas comentarios ni intercambies ideas con alguien de fuera”. En síntesis: “Ver, oír y callar”.

Afortunadamente jamás hice caso a esas “cuasi” recomendaciones dichas como al descuido, aún dentro de mi propia familia. Me abrí al mundo con cautela, pero me di por entero sin pensarlo dos veces con tal de “permanecer, acompañar”.

Con el paso del tiempo he comprobado – en infinidad de ocasiones- aún con dolor, que los que creía iban a “estar”, se esfumaron como por arte de magia cuando más les necesitaba. Y  quienes apenas conocía, se acercaron a confortar sin que mediara ningún deseo oculto, ninguna pretensión.

Aprendí – con dolor y lágrimas- que hay amigos de acero o hierro que se entregan por completo aún   a miles de kilómetros de distancia. Y otros, “tan cerca y tan lejos”, que con inmensa amargura, debes obviar de tu agenda cotidiana. Sólo cuentas con ellos, cuando “ellos”  necesitan  mitigar su propia desazón.

Que la complicidad puede alimentarse a través de los años. O nacer de forma espontánea prácticamente sin buscarla, a través de un gesto, una mirada o una frase dicha al descuido, pero lo fundamental es que siempre espera que avives esa llama y está esperando que sientas su calor.

Que no existen barreras para apoyar al extraño.
Ni fronteras para buscar consuelo.
Ni nubarrones para la esperanza.
Ni techos para la solidaridad.

Tal vez muchos no logren entenderlo, pero estoy convencida que todos necesitamos desesperadamente los unos de los otros.
También de aquellos que, sin siquiera sospecharlo, se encuentran dispuestos a tender la mano para levantarnos.
Recoger nuestra mochila cuando nos fallan las fuerzas.
Señalar errores sin edulcorarlos.
Ser nuestra sombra  a lo largo de un camino.
 Mostrarnos un atajo.
Curar nuestras heridas y suavizar nuestro dolor…



miércoles, 20 de noviembre de 2013

EL SELLO INVISIBLE



Son muchas las veces en que pienso, que todos nacemos con un Sello Invisible “camuflado” o escondido bajo el cuerpo.
Si me preguntáis por donde comenzar a buscarlo, si puedo dar algún rastro o pista, la contestación es “No”. Solo imagino que antes de venir al mundo Alguien (tampoco sé quién) se ocupa de seleccionarnos con meticulosidad, eligiéndonos, diciendo: “éste sí”, éste… tal vez…” o al siguiente le aparta a un costado para pensárselo mejor.

A muchos, desde el primer berrido, la vida no nos ha resultado fácil.
No  transitamos por caminos de rosas, sino plagados de espinas. No conocimos las palmadas en la espalda (salvo casos contados con los dedos de una mano) , sino más bien bofetones e “intentos” – que quedaron en eso o a veces llegaron a buen puerto- intentos de humillación.

No sabemos, aquellos “elegidos”, de ascensos meteóricos. Ni enchufes continuos. Dinero a raudales. Tampoco disfrutamos de una sólida posición.

Fuimos creciendo forjados a la luz del yunque y hierro. De golpes sobre la fragua. Desilusiones. Caídas y remontadas. Decepciones y alegrías. Pero sobre todo, nos moldeamos en la honestidad, el valor de la palabra. La necesidad imperiosa de tener a nuestro lado un amigo que jamás nos dio la espalda. Del compañero/a que con ternura, paciencia e insistencia nos conquistó el corazón. Del sentido del deber y  de la enorme importancia que tiene el honor.

Hay otros, que en contrapartida lo tienen todo, o eso al menos creemos.
Holgura económica. Incondicionales a puñaos que desaparecen en cuanto asoma el primer nubarrón. Hijos excelentes y brillantes, genios sin descubrir, con una blandura en el alma que provoca escozor.

Y enormes casas que solo escuchan pasos silenciosos.
Y paredes en las que retumba el eco de su voz.
Y una soledad inmensa difícil de paliar.
Rabia y celos por tener lo que otros tienen – aunque sea mínimo- y una envidia que les carcome el alma, al comprobar la entereza que los demás enarbolan y ellos rotundamente no…

Son los primeros que caen y no atinan a ponerse de pie.
Son los que no tienen ni idea como empuñar el hacha, la maza o el martillo, para romper el caparazón.

Los que viven angustiados preguntándose: “¿vale la pena vivir así?, ¿por qué lo tengo todo y no tengo nada? ¿a quién se le habrá ocurrido diseñarme como soy?”.

Por eso en infinidad de ocasiones pienso que algo o Alguien, está detrás nuestro antes de pisar la tierra.

Alguien que nos pone un sello invisible bajo la piel que nos hace fuertes, vulnerables, tímidos u osados.

Auténticos o con doble faz.

Dispuestos a pelear o a atrincherarnos esperando el momento de “espiar si todo ha pasado” para asomar la nariz cuando despeja.

Si fuese así como pienso, si estoy en lo cierto, sé que no soy la única sino que hay miles y miles, millones de personas, que llevan con orgullo la “marca” de nacimiento que nos hace ser diferentes, especiales y combativos aunque la lucha constante y el sacrificio sean nuestra eterna opción.



sábado, 9 de noviembre de 2013

ANTES...



¿Qué “todo tiempo pasado fue mejor”?. No lo sé.
Tampoco si “antes” todo era diferente. Porque mi “antes” tiene un principio. Un final. Un largo recorrido. Un volver  aunque sea rozando con brochazos de nostalgia el punto de partida.

En mi “antes” hay una larguísima mesa con sillas que ahora están vacías. Y carcajadas. Y retos velados y no tan velados.
Discusiones y reproches.
Chiquillos que -ya son abuelos- correteando por los rincones. Otros que se han marchado quizás a un lugar desde donde nos espían divertidos, orgullosos de lo mucho o poco que hemos logrado.

Antes, los mayores nos contaban que jamás  pisaban los Bancos, desconfiaban de las promesas que les hacían los responsables.  Guardaban el dinero debajo del colchón.
Ellos siempre tenían en la alacena,  conservas, pastas secas, mermeladas y galletas, como si de un día para el otro se avecinara un tifón.

Las puertas de las casas siempre estaban abiertas para el amigo que necesitaba ayuda, un plato de comida. Cobijo y cariño. Consuelo. Un poco de comprensión

Antes, la palabra que daban para cerrar un negocio valía más que una firma, un recibí, un talón.
Antes, aunque habían oyeran hablar de estafas brutales los mayores jamás habían probado  la miel amarga de  la corrupción.
Dudar era impensable. Confiar con los ojos cerrados a quien se mostraba transparente, honesto y honrado más que una convicción.

Recibir ropa en buen estado porque a tu prima le había quedado pequeña, no era una ofensa, por el contrario, te hacía ilusión.

Vivíamos sin internet y escribíamos cartas interminables que temblaban en nuestras manos rogando que llegaran a destino, cuando estábamos a punto de que la engullera el buzón.

Los móviles no existían y las carreras para avisar desde una cabina (o un público) que “llegábamos un poquito más tarde y no se preocuparan”, eran pan de todos los días.

Fuimos creciendo poquito a poco y sin saltar etapas.
Fuimos madurando sin apenas notarlo.
Nos formamos sintiendo que era un triunfo cada conquista, cada reto, cada escalón que subíamos y lo hacíamos por amor propio, empeño y vocación.

Y lloramos como nunca pensamos que podríamos llorar, cuando nos dejaron plantadas,  sin saber que nos volveríamos a enamorar de una manera loca, atrevida, imprudente, al conocer “al hombre”  que nos rasguñó con paciencia el corazón.

Y fuimos felices.
Absolutamente felices con nuestros más y nuestros menos.
Enseñamos a nuestros hijos que el camino era luchar y aprender de los fracasos desconfiando del primer adulador.

Que tropezar no era caerse, sino trastabillar.
Que el “no” siempre lo tenían los demás como respuesta, y había que batallar muy duro para desterrar el no.

Tal vez por eso me gusta disfrutar de esos ramalazos del antes.
Quizás porque he aprendido que jamás hay que bajar la guardia. Que nada está perdido si te empeñas.

Que si la vida fuese tan sencilla, tan dulce y complaciente, no naceríamos llorando y lo hacemos irremediablemente cuando vemos la primera luz del mundo y cerramos los ojos para decir adiós…



viernes, 1 de noviembre de 2013

LA MENTIRA



Recuerdo que hace muchos, muchos años, una tía materna que era poco tierna y nada  cariñosa siempre tenía a flor de piel y en la punta de los labios la frase – dijeras lo que dijeras- “¡eres una mentirosa!”

Esa palabra, esa sola palabra final (mentirosa), que se encargaba de remarcar y arrastrar como si gozara infinitamente al pronunciarla y le causara un placer incalculable, me dolía más que un cachetazo inesperado en la boca.

Desde entonces – desde esos momentos que aunque intento no recordar me asaltan por sorpresa sin avisar- me prometí no mentir jamás.
Y con el correr del tiempo, debo confesar sin ponerme roja ni ocultarlo, que no rompí una sino cien mil veces la promesa e intuyo que lo volveré a hacer sin más.

Cuando le comenté el pecado  a un buen amigo psicólogo, se llevó las manos a la cabeza sonriendo y repitiendo por lo bajo: “Ah…¡qué horror!!!”. Y después de unos segundos agregó:  “Nadie dice nunca la verdad, sobre todo cuando hablamos de nosotros mismos y siempre cambiamos algo para atenuar la tristeza que produce la realidad”

“Toda la verdad,  repito, nunca la dice nadie. Tal vez sea por miedo a mostrarnos tal cual somos, a desnudar defectos y debilidades, angustias y miserias. Terror a darte a conocer cómo eres, experimentar en el otro rechazo, “miedo al contagio” y recelos. Abandono y lejanía. Exclusión y desconfianza. Temor”

“Los que afirman que no mienten son los más peligrosos y de ellos justamente debes desconfiar. Cuando indagas un poco, tan solo un poco y les preguntas que hacen, cómo viven, cualquier detalle que parezca algo trivial empiezan a contar sus batallitas, sus logros y proezas, sus méritos y conquistas y en general exageran y se atribuyen cualidades de aquellos a los que admiran pero están lejos de conquistarlas… o lo que es peor, están convencidos que no las conquistarán jamás….”.

“La vida está llena de mentiras gordas y graves. Imperdonables y justiciables. Mentiras arriesgadas que pueden poner al borde del estallido y del colapso a un país”.

“Mentiras piadosas  que forman parte de nuestro día a día y que podríamos llamar “perdonables” sencillamente por un motivo: “a la mayoría de los seres humanos les enferma la sinceridad”

“Mientes cuando dices “me lo esperaba” y la puñalada trapera que has recibido te desequilibró hasta el punto de perder el sentido.

“Mientes cuando dices te amo, y solo hay entre él y tú, solo una entrañable amistad”

“Mientes cuando susurras: “Ya estoy acostumbrado”, cuando a la traición nunca te acostumbrarás”

“Y lo haces cuando en vez de decir NO con todo el cuerpo, bajas la cabeza y te dejas humillar”

“Y vuelves a mentir cuando excusas tu parsimonia en un “yo no podría” sabiendo  perfectamente que si te empeñas lo harás”

“Si todos los mentirosos fuesen al infierno, ya no cabría ni un alfiler más…”

“Debemos aceptar que la mentira forma parte de nuestras vidas, pero el gran secreto es descubrir quién las dice, en qué momento, con qué oscuros fines y hasta donde pretende llegar”, agrega.

“Siempre ten presente tres frases dichas por tres hombres sabios:
.”Las mentiras más crueles son dichas en silencio”
.”Con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver jamás”
.”No porque todo el mundo crea en una mentira, esa mentira se convierte en realidad”…

Hasta la próxima…