CARPE DIEM (Horacio 65aC-8aC) “Toma este día como si no fuera a existir el siguiente”

miércoles, 4 de junio de 2014

EL COSACO



Nada me gustaba tanto como ver a mi abuela mirar de reojo los muebles de la antigua casa familiar. Observar con ojo clínico si las patas de las sillas estaban astilladas, las fundas sin ningún corte y en perfecto lugar.

Nada me gustaba tanto como verla alisar con la mano la tela de pana verde oscura que tapizaba el viejo sofá, comprobando los  reflejos a pelo y contrapelo, claros y más oscuros, que jugueteaban con los rayos de sol.

Pero si algo realmente me fascinaba era cuando deteniéndose en la banqueta que apenas tenía una rozadura, un pequeño raspón, un cortecito de nada me pedía: “llévasela “al cosaco” para que la arregle”.

Y para allí me iba yo, con el corazón latiendo a un ritmo desenfrenado y con la ilusión de entrar en el taller de ese personaje tan especial, tan rico en anécdotas, tan entrañable y  duro a la vez.
A ese inconmensurable contador de historias. Filósofo. Psicólogo a pie de calle. Artesano de los que ya no existen. Empedernido labrador.

“Stenka” era su nombre, y cuando lo pronunciaba con voz ronca  derrochaba a partes iguales orgullo y dolor. ¿Edad? Indefinida, aunque por esas épocas yo le veía muy viejo, demasiado mayor con su pelo recogido en una coleta, sus botas de cuero blando –que no se quitaba ni en verano cuando el calor era insoportable- sus gafitas redondas resbalando sobre el puente de la nariz y ese perfume fresco, que aún hoy no puedo definir: a pasto, hierba salvaje, brisa marina…que no  he descubierto con el paso de los años y  ni aún hoy.
El taller de Stenka era un mundo maravilloso para cualquier niño. Todas las herramientas estaban colocadas en el mismo sitio y alineadas por tamaño. Una rueca “desmantelaba” gruesos hilos hasta convertirlas en finas hebras para dar puntadas certeras rematando un trabajo, o pequeñas e invisibles que resultaban imposibles de descubrir en una obra mayor.

En una de las paredes, colgaba el “Nagaika”, una especie de látigo o fusta, que según me contó en varias ocasiones para él no tenía secretos y esa larga lengua de cuero trenzado no solo hería, lasceraba,  dejaba cicatrices,  sino que era capaz de seccionar la cabeza a cualquiera que intentara sobrepasar límites, adueñarse de lo ajeno, o algo peor.

Pero su juguete preferido era una “perinola”, una peonza pequeñita artesanal que su bisabuelo le había regalado, probablemente cuando tenía mi edad y que él atesoraba con auténtico amor.

En más de una ocasión, llegaba hasta su lugar de trabajo con algunas de las cosas que me entregaba mi abuela para que arreglara y lo pillaba sentado enroscando despacio la cuerda a la peonza, lanzándola a ras del suelo mientras observaba con una sonrisa cual era su evolución.

Una tarde en la que me acurruqué para que no advirtiera mi presencia- ¡tonta de mí, supo que estaba allí aún antes de verme- sin quitar los ojos de la peonza,me dijo en voz casi inaudible.

“Esto es más que un juego o un entretenimiento. Esto es la el devenir de la vida. Fíjate que cuando naces,   durante los primeros años no te enteras de nada o te enteras de poco. Giras y giras sobre un mismo centro sin prestar atención a lo que se mueve a tu alrededor ¿lo ves?, como ella lo está haciendo” explicó señalando el juguete.

“Pasa el tiempo y la cuerda se gasta, se hace trizas, hay que cambiarla una, otra y otra vez pero la vuelves a utilizar, la lanzas sobre el pavimento y ya no “responde” como antes. Está “desanimada”, falta de esperanzas, sumida en la negrura, arrumbada en un rincón sintiéndose increíblemente sola y olvidada”.

“Pero un buen día”, continúo, “no me preguntes porqué, cómo o quien lo decide porque no sabría responderte, alguien llega y la rescata, le quita las motas de polvo restregándola contra sus pantalones o su falda, le saca brillo con un paño. La anima a seguir “danzando” sobre su eje. Corta hilos que ya no sirven y los reemplaza por otros nuevecitos". 

"Y entonces la peonza vuelve a renacer. A estrellarse contra las paredes con vigor.
A incorporarse,  ponerse de pie, abrir los brazos a un futuro que puede ser incierto  o tal vez mejor.
Porque después de lo pasado, después del olvido, mucho más allá de la tristeza y la opresión, al  ser rescatada en el momento justo y preciso a nada teme porque ha entendido que  todo pasa y todo llega".
"También la tremenda puntada de la frustración…"





miércoles, 21 de mayo de 2014

EL SELLO INVISIBLE



Son muchas las veces en que pienso, que todos nacemos con un Sello Invisible “camuflado” o escondido bajo el cuerpo.
Si me preguntáis por donde comenzar a buscarlo, si puedo dar algún rastro o pista, la contestación es “No”. Solo imagino que antes de venir al mundo Alguien (tampoco sé quién) se ocupa de seleccionarnos con meticulosidad, eligiéndonos, diciendo: “éste sí”, éste… tal vez…” o al siguiente le aparta a un costado para pensárselo mejor.

A muchos, desde el primer berrido, la vida no nos ha resultado fácil.
No  transitamos por caminos de rosas, sino plagados de espinas. No conocimos las palmadas en la espalda (salvo casos contados con los dedos de una mano) , sino más bien bofetones e “intentos” – que quedaron en eso o a veces llegaron a buen puerto- intentos de humillación.

No sabemos, aquellos “elegidos”, de ascensos meteóricos. Ni enchufes continuos. Dinero a raudales. Tampoco disfrutamos de una sólida posición.

Fuimos creciendo forjados a la luz del yunque y hierro. De golpes sobre la fragua. Desilusiones. Caídas y remontadas. Decepciones y alegrías. Pero sobre todo, nos moldeamos en la honestidad, el valor de la palabra. La necesidad imperiosa de tener a nuestro lado un amigo que jamás nos dio la espalda. Del compañero/a que con ternura, paciencia e insistencia nos conquistó el corazón. Del sentido del deber y  de la enorme importancia que tiene el honor.

Hay otros, que en contrapartida lo tienen todo, o eso al menos creemos.
Holgura económica. Incondicionales a puñaos que desaparecen en cuanto asoma el primer nubarrón. Hijos excelentes y brillantes, genios sin descubrir, con una blandura en el alma que provoca escozor.

Y enormes casas que solo escuchan pasos silenciosos.
Y paredes en las que retumba el eco de su voz.
Y una soledad inmensa difícil de paliar.
Rabia y celos por tener lo que otros tienen – aunque sea mínimo- y una envidia que les carcome el alma, al comprobar la entereza que los demás enarbolan y ellos rotundamente no…

Son los primeros que caen y no atinan a ponerse de pie.
Son los que no tienen ni idea como empuñar el hacha, la maza o el martillo, para romper el caparazón.

Los que viven angustiados preguntándose: “¿vale la pena vivir así?, ¿por qué lo tengo todo y no tengo nada? ¿a quién se le habrá ocurrido diseñarme como soy?”.

Por eso en infinidad de ocasiones pienso que algo o Alguien, está detrás nuestro antes de pisar la tierra.

Alguien que nos pone un sello invisible bajo la piel que nos hace fuertes, vulnerables, tímidos u osados.

Auténticos o con doble faz.

Dispuestos a pelear o a atrincherarnos esperando el momento de “espiar si todo ha pasado” para asomar la nariz cuando despeja.

Si fuese así como pienso, si estoy en lo cierto, sé que no soy la única sino que hay miles y miles, millones de personas, que llevan con orgullo la “marca” de nacimiento que nos hace ser diferentes, especiales y combativos aunque la lucha constante y el sacrificio sean nuestra eterna opción.









martes, 6 de mayo de 2014

"LA PIEL QUE HABITO"



Tres timbres cortos. Uno largo. Esa es la contraseña para darle a conocer a mi amigo del que muchas veces hablé – médico psiquiatra, psicólogo, eterno bohemio que acaricia los “setenta y muchos” con una cabeza envidiable y la sabiduría de un tibetano – que ya he llegado a su portal y estoy dispuesta a subir.

Tarda en responder y me sobresalto. Pero la respuesta corta y seca del telefonillo me hace reaccionar y subo los escalones de prisa, de dos en dos hasta llegar a su apartamento donde la puerta está entornada –rarísimo- y solo escucho pasos pequeños acompañados de un “toc, toc” como si algo golpeara contra muebles, mesas, sillones o paredes que devuelven el sonido: “toc, toc”…

Está allí de pie, erguido y desafiante. Se ha colocado un pañuelo de colores oscuros a modo de venda sobre los ojos y una de sus manos – la derecha- empuña con firmeza un palo (creo que es roble o algo similar) tanteando los objetos que hay a su alrededor.

-“¿Qué haces?”, le pregunto intrigada después que me saludara por mi nombre, algo que no alcanzó a comprender ya que ni siquiera me vio.

-“Optimizándome”, contesta con una sonrisa al tiempo que me coge del brazo y pide que le guíe hasta un sillón (su preferido, donde generalmente lee, escucha música, garabatea frases y notas que después pasará en limpio y esconderá con mimo en un cajón)

Sin esperar a que siga preguntando, contesta con un: “no estoy loco, al menos de momento, y espero seguir cuerdo hasta el día en que “me vea obligado” (porque tendrán que obligarme, recalca) a despedirme y decir adiós”.

Hay un silencio, incómodo y espeso, diría, que solo interrumpe un claxon lejano, murmullos que no sé de donde proceden y ni siquiera prestando al máximo  atención alcanzo a hilvanarnos en una frase.

“A veces, cuando compruebo que la gente se queja en balde, me encantaría pedirles que  hicieran este ejercicio de reflexión para entender que es lo que tienen, que les faltará si  lo pierden, que infinidad de motivos tienen ¡tan cerca!, para sentirse satisfechos, plenos ¿felices? ¿por qué no?”.

“Tapándome los ojos y caminando a oscuras sin ver absolutamente nada de lo que me rodea, siento “la piel que habito” y me reconozco tal cual soy. Adivino que hay surcos nuevos donde no deberían estar, muescas imperceptibles y rugosidades que forman parte de mi vida, de aquel que fui y ya no voy a recuperar pero me hablan de un pasado bueno, malo, regular, o más que estupendo y  susurran al oído en quien me he convertido hoy”.

“Y camino por la casa sin intuir donde he dejado mi pipa. Si está funcionando o apagado mi ordenador. Si me he olvidado la cafetera en el fuego o la corriente se ha llevado el fuego y ya no queda ni calor”.

“Golpeo las paredes con fuerza, esquivo alfombrillas que ni sé quien ha puesto ahí para hacerme una zancadilla, huelo con la nariz en pico (mira hacia arriba alzando la cabeza) si “Lacan” – su gato “adolescente”- está cerca observándome, tomo la total y real dimensión de lo que me rodea”.

“Perder la visión aunque sea unos minutos, me hace recobrar la conciencia de lo dichoso que soy al poder disfrutar de lo que creía perdido, de anticiparme a lo que todavía no he descubierto, a tomar conciencia que estoy ¡aquí! ¡vivo, aunque con achaques sano!.

A “optimizarme”.
A reconocer, una vez más “la piel que habito”.
A disfrutar hoy, de todo lo que tengo y alguna vez puede esfumarse.
A no lamentarme por lamentarme.
A aceptarme y dar gracias por no tener que depender de nadie y valerme por mí mismo.
A dar gracias por lo que soy…”








22

lunes, 21 de abril de 2014

CASA DE MUÑECAS



No siempre. Tampoco día sí, día no. Pero en algunas ocasiones, mi amiga me pedía si podía ir hasta su casa para quedarme con su hija.
Elisa tenía dos trabajos. Su marido, había fallecido ni bien nacer la chiquita, víctima de un infarto que no vino solo y sin que nadie lo esperara, sino prendido a la falta de trabajo, el exceso de preocupaciones, el estrés. La rabia y el rencor.
Sin embargo, ellas parecían haberse fabricado un mundo aparte, no libre ni exento de agobios, pero a su manera eran felices con lo poco que tenían – y lo mucho que a Elisa le había costado conseguir- apartadas de esa espiral de negatividad que el hombre había querido legarles y de milagro no lo consiguió.

El apartamento donde vivían era pequeño, cálido, acogedor.
Con una luz que enceguecía sin que el sol se colara eternamente por ventanas y celosías. Había algo más allí. Era como si una inmensidad de colores, sobre todo al caer la tarde o cuando amanecía se citaban para charlar sin prisas ni agobios, citándose “hasta mañana” ni bien las sombras se iban alargando bostezando de pereza hasta el momento del “chau” o del adiós.

María tenía seis años. El pelo color azabache y rizado. Unos ojos vivaces pendientes de todo lo que se movía a su alrededor.
También una risa contagiosa. El don del “parloteo” constante con sentido. La magia en  dedos pequeños que se deslizaban acariciando un oso de peluche, un trozo de tela. Un bolígrafo que caía rendido a sus encantos. Una noria que nunca se detenía gracias a su constancia por mantenerla siempre viva. Una vocecita dulce y cantarina que apenas se dejaba oír solo cuando su dueña le daba permiso para hablar.

Cuando traspasaba el umbral, siempre – pero siempre- pedía que me descalzara “para escuchar lo que te dicen tus pasos”,  y cogiéndome de la mano me conducía a su cuarto que era tal  y cual como ella: una explosión de vivacidad, con cuadros pintados “por mí” –susurraba como si yo no lo supiera-, folios escritos con letra pequeñita sostenidos por chinchetas en las paredes y “unos poemas preciosos que  me dio por escribir hoy”.

Sobre una mesa –que vio mejores tiempos- de pino y alargada, descansaba su gran tesoro. Una casa de muñecas de varias plantas con la que “jugábamos” sin cansarnos nunca y varios personajes articulados que iba colocando a su antojo cambiándolos de sitio y lugares,  también de postura y posición.

Una tarde que la  colocamos en el suelo para poder jugar mejor, muy formal dijo: “el papá está “enfadao” ¿lo ves? La mamá ni siquiera lo sabe porque se ha echado en el sofá con la tele encendida aunque no la ve, se ha dormido de cansancio y la “peque” está triste porque allí no hay risas, ni charlas, ni música, ni buen humor”.

“¿Y entonces qué hacemos?”, le pregunté muy seria, “porque algo hay que hacer ¿no?”. Se levantó de prisa y corriendo, revolviendo en una caja de lápices de colores, ceras y crayons  volvió volando a su sitio.

“Shhh”, dijo poniéndose un dedo sobre los labios. “Vamos a cerrar los ojos y pediremos que usen su imaginación, mientras nosotras los ayudamos”. Y ahí mismo comenzó a perfilar sonrisas donde había gestos mustios, cogió un enorme cartón blanco y pintó un sol que colocó como si estuviera “asomando la nariz” porque “es de mentira y allí no hay sol”.

Con una nuez diminuta hizo un puff mullido donde colocó un microscópico libro a los pies de “la mamá” y a la “peque” corriendo de arriba abajo, armando bulla, cantando a todo pulmón.

Me levanté despacio de mi sitio y mirándolo en perspectiva ¡era tan real, tan cierto que todo se veía mejor!. No tuve tiempo de comentárselo, porque ahí saltó ella: “cuando en esta casa hay tristeza y se me pega aquí – señaló el estómago- le digo que se vaya usando esto (y le tocó el turno a la cabeza).

 “Pido y pido que se aleje pronto, sueño que cambio todo, miro como me gustaría ser y entonces me veo como una exploradora como las que salen en las pelis, que curo a un señor enfermo, que soy astronauta y estoy lejos de aquí o una de esas que dan vueltas en un trapecio como vi una vez en un circo”, agregó encogiéndose de hombros deleitándose con la visión.

“¿Y sabes una cosa?”, insistió mirándome a los ojos. “Ahora sé que no es posible porque soy muy chiquita. Pero cuando crezca, cuando sea mayor, estoy segura que tooodoooo (alargó la palabra) lo que quiera voy a conseguirlo porque me llamo María (deletreó despacio su apellido). Porque sé que puedo, y porque sé quien soy”.





domingo, 6 de abril de 2014

LA PUERTA ENTREABIERTA



Corrían los 80. Era la época del “Flower Power” . El grito propio. Las ansias de libertad. El sorprenderse ante un mundo que había dado un vuelco tan impresionante y repentino que apenas había tiempo de reaccionar.

Corrían los 80 y  nos “uniformamos” con pantalones pata de elefante. Palazzos. Faldas largas. Estampados “Liberty”. Sombreros y gafas de sol enorme que nos parapetaban y rechazaban de forma obstinada que giráramos la vista atrás.

Era el tiempo de  sandalias de cuero artesanales, bolsos en bandolera desflecados, amor sin “escondrijos” que lo ampararan, silencios que se convertían en torrentes de  palabras.
Tiempos de bullicio.
Tiempos de paz.

Por entonces, solía ir a casa de una amiga los fines de semana a estudiar. Y los estudios se convertían en tertulias, charlas interminables que se prolongaban hasta la madrugada. “Arreglábamos el mundo” sin titubeos y con decisión. Sin miedo y sin prejuicios, extendiendo la mano de manera ilimitada  y con absoluta bondad.

La madre de Ana – así se llamaba mi íntima- era una mujer mayor – más de sesenta y pico- pero con una juventud a flor de piel imposible de describir o imitar.

Todavía recuerdo  los pies descalzos de Natasha (“mamá postiza” de cada una de nosotras)  y la forma en que los deslizaba sobre el suelo  casi sin oírla andar. Su risa que contagiaba frescura. Sus enormes ojos azules. Su pelo rubio recogido en una trenza, y su cabeza erguida que solamente “doblegaba” ante las artesanías en las que trabajaba para después vender en una feria a pocas calles del lugar.

Una tarde de sábado, me senté a su lado en el suelo para ver como sus manos entrelazaban con una rapidez increíble, trozos de gamuzas, hilos de colores, cuentas y piedras minúsculas que hilaba con una habilidad especial.

Antes de finalizar la pulsera que estaba fabricando, una y otra vez, echaba ojo a una puerta que daba a un pasillo infinitamente largo que desembocaba en la entrada, mirándolo insistentemente con un interés especial.

Le pregunté entonces si esperaba a alguien…y me clavó los ojos con una mirada tan lánguida, tan fuerte y tan especial que preferí guardar silencio. Solo la quise escuchar.

“En mi país – Alemania- pero sobre todo en el pueblo donde nací, tenemos una leyenda que nos encanta a veces recordar”, dijo con una voz muy suave.  “La nostalgia, la tristeza y la depresión siempre van de la mano y es bastante complicado intentar que nos dejen de acompañar. Es toda una faena deshacerse de ellas porque están muy a gusto en nuestro interior  ¿haciéndonos daño? ¡Mucho más!”

“Pero es cuestión de tiempo y valentía. De “abrirles la puerta” pero mirar más que bien para comprobar que no traen ni mochila ni equipaje. Ni maletas, ni cajas con trastos que arrastran de “épocas pasadas” para instalarse dentro tuyo sin pedir siquiera permiso. ¡Así, sin más ni más!.”

“Es bueno que se queden un tiempo porque te ayudan a reflexionar. A repasar viejos errores. A sacar el cálculo de lo que has hecho bien. De lo que  hiciste francamente mal”
“Pero cuando las cuentas están saldadas, cuando logras recuperar no sin dolor, el equilibrio y aprendes a pedir perdón, a prometer que jamás te darás de cabezazos contra la pared por lo que NO has  hecho mal, cuando nivelas tu alma, tu conciencia y tu cuerpo, recuperas la fe en ti misma y sobre todo la seguridad, es tiempo de dejar esa puerta entreabierta que ves allí, para que recojan lo poco que han traído y tan sorpresivamente como han llegado entiendan que se deben marchar”







lunes, 24 de marzo de 2014

EL "SENKU"



Mi amigo – el de la sonrisa perenne, la coleta desprolija y la barba impecablemente recortada- está sentado de espaldas a la puerta.

Mi amigo – el psicólogo y médico de profesión, filósofo por vocación, incansable “ratón de biblioteca”, empedernido lector- está  enfrascado en algo que no atino a descubrir.

La señora que hace la limpieza me ha dejado entrar, y lo hice de puntillas como temiendo despertarlo, importunarlo, o resultar un estorbo cuando apenas comienza a anochecer en Madrid y no es una hora usual para ir de visita, de improviso, sin avisar.

“Te escuché llegar”, dice mientras se levanta de su butacón para cerrar las ventanas “porque ésta mujer siempre tiene la manía de “ventilar”. Y recoge papeles que iniciaron una danza enloquecida por los rincones, la ceniza de la pipa que no quiso quedarse de brazos cruzados en el cenicero,  un trozo de tapete que su gato “Simón” se encargó de mordisquear.

Maravillada vi lo que descansaba sobre su asiento y casi grité “¡un SENKU”!  (Clásico solitario de los juegos de tablero originalmente llamado “uno solo” ) ¡Hacía años que no veía uno y pensé que se habían dejado de fabricar”, murmuré alzándolo con cuidado para que no  se cayeran las piezas.

“No estaba jugando, sino haciendo comparaciones con la vida y la amistad, y aunque no lo creas, tiene muchísimas similitudes. Pásamelo un minuto y verás”, pide extendiendo las manos y cogiéndolo con una delicadeza extrema.

“El SENKU se juega con este tablero en forma de cruz, donde todos los espacios están ocupados por conitos pequeños, salvo el del centro, por eso el jugador tiene que ir comiendo las piezas para quedar él solo en el centro mismo y “reinar”, ¿me sigues?”

Asiento, mientras continúa: “aunque la gente  esté muy sola – el mal de nuestros días, la peor peste es la soledad-  tiende a creer que es el centro del universo. Y cuando alguien se acerca aún con la mejor de las intenciones, al poco tiempo comienza a desconfiar. O los quita del medio y de su lado con la facilidad con la que hago esto (lanza una pieza por el aire), y luego otra (va la segunda) y otra más”.

“El ser humano es un bicho raro. Ama profunda y entrañablemente con pasión, e instantes después comienza a odiar. Y para cruzar ese extremo solo basta un gesto, una palabra NO DICHA, una confesión que no hiciste, un hecho que no relataste porque sencillamente no te pareció importante”.

“El ser humano pretende que un amigo sea no solo eso, también hidalgo que le defienda, luchador empedernido que le levante cuando las fuerzas le abandonan. Papá y mamá. Escucha incansable mudo de palabras y comentarios, marioneta capaz de tironear y manejar. Pero a la hora de prodigarse, responder de idéntica forma, se preguntan “¿por qué voy a perder mi tiempo? ¿Éste que se ha creído, que soy su esclavo? O “¿éste de qué va?”…

“Y la amistad, el compañerismo, el cariño y el amor, nada tienen que ver con eso. Es cierto que hay que  tener una enorme capacidad de DAR, pero también se debe pagar con la misma moneda, porque la vida no es cuestión solo de aprovecharse del otro y esperar”.

“Nadie es dueño de tus oídos, sobre todo cuando no los tienen a la hora de escuchar. Nadie es dueño de tus decisiones y por eso no debes pedir permiso a la hora de enfrentar un problema o actuar. Nadie es dueño de tu cabeza, tu corazón ni tu lucha…y eso es difícil de aceptar”.

“Por eso ¿qué hacen la mayoría de los mortales? Descartar una ficha tras otra. Como en el SENKU, hacerlas desaparecer, comerlas con voracidad porque al sentirse el centro de todo no admiten que la necesidad imperiosa del otro, de los demás.”

“Esto pasa en la política, en la amistad, en el trabajo, en las relaciones sociales . El creerse por encima de todo y de todos les hace sentir fuertes, enteros y soberbios.
Impunes y capaces de cualquier desmán. Y cuando llegan al final del juego sin nadie que les “oiga” ni respalde, sin admitir que les ha faltado destreza e inteligencia, se avergüenzan de sí mismos y admiten su culpa  encerrados entre cuatro paredes.
En esas mismas, donde nadie los ve, y pueden lamentarse, lamer sus heridas, culparse por lo que han perdido y ya no podrán recuperar”.









domingo, 9 de marzo de 2014

CUANDO PIERDES LA COSTUMBRE



Era matemático, siempre lo hacía,  y no me cansaba de observarla.
A esta altura todavía me pregunto si eran manías de anciana, tics o sencillamente hábitos de los que no pretendía desprenderse, aunque ella – sonriendo al ver que la miraba con insistencia- repetía: “ya ves…la cosa es no perder la costumbre”.

Sé que a veces la depresión podía con ella. Y por las noches, antes de dormirse rezaba mil veces la misma oración. Y que en infinidad de ocasiones, ayudándola a hacer la cama, encontraba bajo la almohada su pañuelo – blanco, bordado con un festón y unas rosas tan pequeñas que solo eran “visibles” al tacto- mojado de lágrimas.
Pero invariablemente, mi abuela, lloviera o tronara, siempre se levantaba con una sonrisa. Siempre, “porque el mal humor llegará durante lo que queda del día”, solía explicar.

Encendía el fuego en la cocina – “para entibiarla y hacer el sitio más acogedor”- ponía la radio aunque fuese bajita “me hace sentir que hay mucha gente a mi alrededor”, y tarareaba melodías secretas en un susurro que juro no haber escuchado en ninguna otra boca y ella lo explicaba con un: “es algo así como un mantra para darme ánimos, estoy convencida que si yo no me lo doy…”.

Mi abuela era inteligente, aunque apenas había terminado los estudios primarios. Aguda. Incisiva. Veloz – a pesar de su eterna pelea con los huesos-.
Mi abuela era una luz brillante por si misma que iluminaba la habitación.
Y era bondadosa y sabia, sobre todo cuando llegaba el momento de dar una explicación.

“Cuando pierdes la costumbre”, repetía, “poco a poco te vas encerrando en ti mismo y aunque se ha dicho muchas veces “dejas para mañana lo que puedes hacer hoy”.
“Vas alejándote de los conocidos porque: “la última vez fui yo la que les llamé, ahora les toca a ellos”, y así esa gente – que estoy segura piensa lo mismo- pasa a ocupar un tercer o cuarto lugar en tu corazón.
No te pones guapa porque total, la única que se mira y ve lo que hay soy yo ”

“Cuando pierdes la costumbre, tu único viaje es el de ida y vuelta a la nevera para sentarte después frente al televisor.
Tu cerebro que cuando quiere es malísimo,  te hace creer “que hay que dar todo por sentado”. Entonces dejas de decir: “no sabes cuánto te quiero”, “necesito de tu abrazo”, “consuélame, que más no puedo”. ¿Puedo ayudarte?. Si lloras sobre mi hombro, te sentirás mejor”
O te “puede saltar de alegría” el espíritu, cuando los amigos te invitan a su casa, pero unas horas antes de salir te repites: “¡qué pereza! ¡con lo a gustito que estaba aquí yo”.

“Cuando pierdes la costumbre te empiezan a crecer telarañas invisibles que te amarran a aquel sofá o a este sillón".
“No cuentas la verdad de lo que te sucede porque no quieres alarmar, y a la única que te entra pánico y no encuentras la salida eres tú misma… eres “vos”.

“Poco a poco te vas aislando, y das brochazos de colores grises a tu expresión. Te vuelves taciturna, frunces el entrecejo sin apenas darte cuenta y la sonrisa se vuelve amargo gesto de rechazo con un toque de dolor”.

“Por eso, apenas me despierto, me regaño en voz bajita: “no por rutina María, pero saluda al día con una sonrisa, muéstrale a la vida tu empatía y que tenga bien en claro, que si “te la pone difícil” aquí te encontrará dispuesta a luchar y enfrentarte a lo que sea, porque “no has perdido la costumbre” de ser guerrera, madre, amante, temporal, carrusel incasable  y ciclón”.

“Porque si llego a “perder la costumbre”, sé que  ya no habrá vuelta atrás  para aferrarla como sea…se habrá escapado y la única culpable habré sido yo”…