CARPE DIEM (Horacio 65aC-8aC) “Toma este día como si no fuera a existir el siguiente”

domingo, 28 de julio de 2013

PEQUEÑAS BATALLAS



Nadie nos ha preparado para las contiendas.
Ni para las grandes confrontaciones.
Tampoco para las pequeñas batallas con las que a diario nos debemos enfrentar.

Es verdad…Estamos hartos y cansados.
Amargados y con miedo.
¿Miedo a qué?
Nadie lo sabe.
Pero miedo hay…

¡Si al menos  nos hubiesen explicado que los combates se ganan con constancia y voluntad!
Que el miedo no  ofrece nada a cambio.
Que arrebata el atrevimiento.
Quiebra la esperanza.
Oscurece la verdad.

A punto de tirar la toalla y decir ¡Basta!, rebuscamos ilusiones allí donde no las hay, desconociendo que “si alguien no puede cambiar el mundo, debería primero intentar cambiarse a sí mismo para luego volver a intentarlo”.

Intentarlo una y otra vez.
¡Y si es preciso, otra vez más!
……………………………………………………………………
Aunque te llamen loco.
Desbordado.
Ingenuo.
Iluso.
No prestes atención a lo que digan.
Encuentra tu tiempo y referencia.
Tu lugar en el mundo
Tu camino y realidad

Nada es sencillo.
No desmayes.

Tal vez  es un buen momento para recordar parte del poema de un hombre sabio, que no solía errar:

“No te rindas, aún estás a tiempo
De alcanzar la cima. Comenzar de nuevo.
Aceptar tus sombras.
Enterrar tus miedos.
Liberar el lastre
Retomar el vuelo.

“No te rindas, que la vida es eso.
Continuar el viaje
Perseguir tus sueños
Destrabar el tiempo
Correr los escombros
Destapar el cielo”

“No te rindas. ¡Por favor, no cedas!
Aunque el frío queme
Aunque el sol se esconda
Y se calle el tiempo
Aún hay fuego en tu alma
Aún hay vida en tus sueños…”

(Fragmento de “No te rindas”. Mario Benedetti. Poeta uruguayo. 1920/2009)

jueves, 18 de julio de 2013

CUANDO ME QUEDE SIN SUEÑOS

Estoy convencida que no sucederá...pero cuando me quede sin sueños me fijaré en un niño y me sentaré a su lado.
Le miraré moverse.
Le escucharé hablar.
Me dejaré llevar por el sonido de su voz.

Cuando sienta que mis fuerzas flaquean, que he pasado tanto y ya no pueda más, en ése mismo instante me haré un ovillo a su lado, me convertiré en compañera de juegos, cómplice de hazañas increíbles, dueña y señora de mi destino sin dar un paso atrás y sin pudor.

Entonces, el aquí y ahora tendrá más valor que nunca.
La magia tomará el relevo del temor.
Y aunque el futuro tenga alas y nadie se atreva a predecir “cómo, cuándo y dónde”,  intuiré la respuesta con anticipación.

No me importará construir castillos de arena que sin permiso arrastre el mar.
Volveré a levantarnos una y otra vez sin pensar que alguien vendrá a copiarlo ni calcarlo,  porque “ése” tendrá una impronta, un sello y una firma que lleva escondida mi ternura, mis deseos y mi voz.

Me rebelaré cuando lo considere justo y necesario sin tener en cuenta que el otro está en mejor posición.
No habrá fronteras infranqueables, ni charcas imposibles de saltar.
Sea como sea llegaré a la otra orilla pidiendo ayuda a voces, arreglándomelas sola o buscando una rama donde asirme pues hay muchas tendidas a lo largo y a lo ancho  dispuestas a sostenerme sin pedir a cambio ningún tipo de favor.

Si no tengo esperanzas ¡estará en mí moldearlas!
Seré arquitecto, astronauta, marino o guerrero sin que nadie ponga coto a mi ilusión.
Escucharé sin que lo adviertan conversaciones de  adultos sabiendo que  pasarán por alto que allí estoy.
Tejeré e hilvanaré historias. 
Buscaré culpables, mentirosos e inocentes hasta sacar mi propia conclusión.

Abusaré de la naturalidad y el desparpajo.
Me sonaré la nariz con la punta del vestido recién comprado. 
Restañaré con aerosol dorado, heridas del corazón.

Removeré papeles de escritorios impecables.
Pintaré con sonrisas  rostros de enfado y mal humor.
Me negaré a aceptar un “no” rotundo por respuesta, sin que antes me expliquen  “porqué no”.

Cuando me quede sin sueños, buscaré un niño y me sentaré a su lado suplicando contagiarme de locura.
O tal vez lo busque en mi interior.
Seguro que estará esperando que lo encuentre.
Jamás se ha movido de su sitio.
Nunca me abandonó….





lunes, 8 de julio de 2013

"NO DEBERÍA..."




No es la primera vez que hablo de mi amigo. Ése, el  que ha pasado la barrera de los setenta y muchos con creces. Tampoco de la vitalidad que le caracteriza. Su forma de mirar y entender el mundo. Su filosofía de vida. Su espíritu luchador. Su batallar incansable y frenético. Su sentido del humor.

Hace bastante tiempo que no paseamos juntos.  Poco y nada le veo en verano, porque  prefiere encerrarse en su apartamento amplio de techos inalcanzables, atestado de libros y periódicos, que después de asaltar la biblioteca, buscan un rinconcito donde estirar los brazos, pegar un bostezo, mirar de reojo a las visitas. Desperezarse. Continuar su siesta rutinaria sin levantar la voz.

La última vez que lo hicimos la noche invitaba a confidencias.
Se calzó hasta las orejas el sombrero del que nunca se separa. Arregló su barba frente al espejo y antes de salir – haciendo un gesto - pidió un momento para perderse por aquel pasillo oscuro, recoger algo en la cocina, regresar  después que le precediera un ruido de cacharros, puertas que se abrían y cerraban y un “grito de triunfo” que me sobresaltó.

En la calle me cogió del brazo y me guió hasta una terraza de Las Vistillas donde la vista era realmente impresionante. Tardó bastante en elegir una mesa y cuando nos sentamos le pidió al camarero una copa de vino blanco para él, y una cerveza “sin”  para mí, que no bebo alcohol.

Si me pareció extraño que me invitara allí – siempre comentaba los precios “exageraos” de las terrazas madrileñas- mucho más me intrigó que no dijera una palabra y tuviese clavada la vista en un banco prácticamente escondido, donde una parejita hacía manitas e intercambiaba  ronroneos de amor.
Estuvimos en silencio casi media hora hasta que de pronto me despertó de ese letargo con un “¡ahora!”, señalando el banco que había quedado vacío para que lo ocupara de prisa, mientras  hacía señas al camarero y pagaba la consumición.

Una vez a mi lado, después de esperar que terminara de reírse a carcajadas, se secara con un pañuelo de papel los ojos y rebuscara  en su viejo bolso  con dedos ligeros de donde rescató un Chardonnay aún frío, dos copas, y una cerveza sin con la que brindamos con un guiño cómplice,  como si hubiésemos cometido la mayor de las travesuras…fue cuando  me miró.

“Toda mi vida he sido un transgresor”, explicó despacio. “Ése es el secreto, el perfecto equilibrio, o al menos la fórmula que le doy a mis pacientes (es médico y psicólogo) para que afronten la vida sin complejos culpas o reglas preconcebidas: atreverse a cruzar el umbral de la transgresión.

“Literalmente…me paso por los fundillos  el “no debería”…¿Quién lo ha dicho, dónde está escrito, cuál es el manual que lo indica? ¿Por qué no puedo hacer lo que me venga en ganas?

“La culpa y el miedo son nuestros peores enemigos. Y si no empezamos a desterrarlos de nuestra mente, de nuestro cuerpo, de nuestras entrañas, si no empezamos a disfrutar de lo que tenemos y a cortar barreras, el mundo no solo  seguirá yendo a peor sino que cuando nos demos cuenta de todo lo que nos hemos perdido, será tarde para un solo “mea culpa”, un mínimo sollozo, alguna lamentación”.

“ ¿Crees que todos ven con buenos ojos que lleve coleta?. Pues no…¿y qué?. Paso de ellos y de sus pruritos. Salto a la otra acera. Me alejo cada vez más de esa gente. Busco a quienes me entiendan. Me voy.”

“¿Por qué debo aceptar: “que no es de recibo” que un hombre de mi edad se pasee por la calle con viejos vaqueros cortados a tijera a la altura de la rodilla ¿les debo pedir permiso o tal vez perdón porque mis piernas están llenas de venas y no son frescas y lozanas como antes? ¡Por supuesto que no!...”

“Mis pantorrillas están flácidas de tanto correr por la vida intentando atrapar un sueño. Una quimera. Una ilusión.
“Estas manos que ves estropeadas, todavía sirven para tenderla a quien las necesite sin preguntar que recibirán a cambio porque si son indispensables, las doy.
“Ya no escucho como antes, es cierto,  pero mis oídos siempre están dispuestos para recibir una historia, escuchar un pecado, a estar atentos  ante una frustración.

“Y no pierdo mi capacidad de asombro.
Ni mis ganas de aprender.
Ni el buen paladar al sentarme a la mesa.
Ni el placer inmenso al regalar una palabra de amor.
“Ni tirarme en la hierba descalzo mirando las estrellas, o bañarme desnudo en la playa cuando por haber no hay nadie y hasta se ha escapado el sol.

“¿Qué nado contra corriente? Tal vez,  pero no voy por la vida suplicando ser feliz porque si miro a mi alrededor compruebo que lo soy.

“¡He aprendido a reírme de mí mismo con ganas!.
“Y éste vino – dijo señalando la botella- no lo bebo pensando que mañana me levantaré con dolor de cabeza, me hará mal, me arrepentiré de haberlo escogido y traído a este sitio.

“Lo paladeo y dejo que crezca  en la boca. Acepto su invitación para saborearlo. Aparto de un manotazo la duda culposa,  hago un pozo imaginario en el suelo con el pie. Coloco en lo más hondo el “no debería”. Lo tapo con arena y cemento si es necesario. Me siento pleno hoy y ahora.
En este instante y cuanto dure.
Sin reproches. Sin temores. Sin una sola lamentación”

No me pregunto qué pasará mañana. Me siento pleno y satisfecho por vivir ahora. Vivir el hoy.




viernes, 28 de junio de 2013

¿FRACASOS?





La primera vez que vi a C.D. estaba  detrás de su escritorio con la mirada fija en un montón de papeles que bailaban sobre la mesa. Los ojos brillantes e ingeniosos recorrían los párrafos con ligereza. En cuestión de segundos mascullaba algo en español, hacía un bollo con algún escrito. Lo encestaba en la papelera deteniéndose en el recorrido, regalándose un pequeño gesto de satisfacción cuando acertaba.

C.D. era alto y grueso. Con unos bigotazos “a lo Zapata” que le tapaban el labio superior y una voz ronca que alimentaba un habano que casi siempre apagado, hacía juguetear entre sus dedos mientras hablaba.

Me pregunté qué edad tendría – no supe calcularla- mientras esperaba con unos nervios tremendos que atendiera las innumerables llamadas que iba recibiendo, firmaba los documentos que le acercaba su secretaria, discutía de pie junto a la ventana con un colaborador.

Nevaba en Chicago y hacía un frío que traspasaba los huesos, pero en esa oficina había tibieza y calor.

 Aunque el espectáculo era majestuoso  (desde  su despacho casi se podía acariciar la mítica Water Tower de North Michigan Avenue) no podía quitar mis ojos de  ese director de periódico México-Americano brillante, que había llegado a la ciudad – según me contó años más tarde -  como un “espalda mojada” (cruzando la frontera escondido en los bajos de un autobús) sin un duro en el bolsillo pero con “millones de sueños y esperanzas con las que pisé ésta tierra sintiendo que iba a lograr ser alguien aún cuando me dieran en las narices con millones de “no”.

¿C.D. fue un referente en mi vida? ¡Claro que sí!. Gran parte de sus “consejos” me acompañaron y me acompañan hasta hoy.

El día que nos conocimos bebió tequila y yo agua de a traguitos pequeños. Palpó de cerca mi temor al comprobar que tardaba en contestarle: “Pues, cuénteme que ha hecho hasta hoy” e hizo “stop” con la mano al escuchar mis trabajos en el periodismo, mis logros (¿?) pequeñitos, mis “intrépidas hazañas” para conseguir entrevistas, las editoriales por las que había pasado, los cargos desempeñados…

“Lo que yo pretendo saber es de sus fracasos” dijo. “Cómo salió de ellos. De qué manera les enfrentó. De qué arcilla está hecha la persona que pretendo contratar. Que madera la moldeó”.

“ Me interesa conocer quiénes son sus amigos y porqué los elige. Si su palabra vale más que un papel firmado ante  notario. Qué le impulsa a crecerse ante las adversidades. Cuál es su savia y su motor. Si no se compra ni se vende por todo el oro del mundo. Si le dan un puñetazo cuánto tarda en levantarse y plantar cara al que le pegó y a los  que le secundan. Si es capaz de salir en defensa del más débil o pasa de ellos. Si siente en sus carnes tanto el dolor ajeno como su dolor”.

“A mí no me interesan los éxitos de las personas. Las mido por sus fracasos. ¿Fracasos o pequeñas batallas perdidas?   No lo olvide nunca: para recuperarse, rehacerse, sentirse nuevamente útil, dar en el clavo, acertar…hay que tener mucho temple y fortaleza. Hay que desterrar el miedo a caerse de bruces y entender que un tropezón, o cientos, o miles son solo eso: un tropezón ”.

(C.D. falleció en el 2001 . Está considerado como  uno de los filántropos más destacados de la comunidad México-Americana. Empresario exitoso, restaurador, fundador de un periódico emblemático, fue miembro activo de la Cámara de Comercio de México en Illinois. El Presidente de la misma, le despidió en su funeral con estas palabras: “C.D. representa para nuestra comunidad el sueño americano porque él lo vivió”)



jueves, 20 de junio de 2013

EL CARACOL




Antes- hace ya tanto tiempo que  perdí la cuenta-  mi primer impulso cuando me aporreaban era encerrarme en mi misma.
No hablar con nadie ni contestar a nada.
Llorar en silencio y sin lágrimas.
Cerrar puertas y ventanas. Bajar celosías. Desconectar el teléfono. Correr tan rápido como pudiera lejos de todo.
Mascullar a solas mi dolor.

Jurar mil veces que no volvería a creer en nada ni en nadie.
Preguntarme una y otra vez ¿por qué a mí? ¿Por qué volver a confiar si me habían defraudado? ¿Por qué yo?...

Ese era mi primer arrebato cuando me hacían daño.
Renegar de todos y de todo. Suplicar perderme para que nadie me encontrara.  Cortar amarras e hilos que creía indestructibles. No aceptar disculpas ni escuchar un perdón.

Decir: “No estoy dispuesta a luchar”. “No estoy para nadie”. “Haz lo que te venga en ganas”. “No resisto más presión”…
Pero jamás hice nada de lo que pasaba por mi mente. Jamás.
Quizás porque siempre que estaba a punto de poner una sola de estas determinaciones en marcha, regresaba a mi infancia.

Al patio trasero de la casa de mi abuela invadido de plantas.
A los enormes maceteros que desplazábamos con esfuerzo haciendo sitio para una más, y otra y otra, que agotadas y heridas se dejaban acunar por las mayores recuperando su verdor.

Al perfume del jazmín que embriagaba.
Al limonero que estiraba sus brazos sin pedir permiso, saltando la reja del vecino, para asomarse a nuestros juegos.
A las confidencias que les hice sin preguntarles “¿puedo?”
A la paciencia que  tuvieron sin pedir nada a cambio.
A sus voces silenciosas que  susurraron  consejos en mis momentos de frustración.

A aquel caracol diminuto que apenas se dejaba ver, pero al ser descubierto protegía con celo su intimidad y seguía avanzando lenta, muy lentamente,  sin hacer caso a piedrecitas y hierbas que encontraba en su camino.

Pequeño y audaz.
Perezoso según el tiempo.
Rápido – cuando se empeñaba-. Veloz…llevando su casa y su vida a cuestas sin dejar escapar una protesta. Ni un quejido.
Sacudiendo a cámara lenta su minúscula cabeza.
Apartando polvo y  tierra que pretendían sepultarlo sin quitar la vista del sendero.

Es cierto…
En los momentos más difíciles  la vida me obligó a regresar a mi infancia…
Al patio trasero de la casa de mi abuela.
A ese caracol del que tanto aprendí y sin saberlo, tanto me enseñó…